lunes, 8 de agosto de 2016

Si vas a ser madre



Cualquier momento es bueno para hablar de tu parto. Verás.

La memoria no es un almacén infinito, ni siquiera para guardar todo lo relativo a tu criatura. Se te olvida, me decían, el tamaño que tenía cuando nació. Te amoldas a un cuerpo que crece y no recuerdas cómo era cuando lo tuviste en brazos por primera vez. No, eso no me pasará a mí. Carmela abultaba dos palmos tendida sobre mi torso. Y sus manos. Y sus pies. Diminutos. Cómo se me va a olvidar ese llanto agudo de gato recién nacido. Parecía que tenía un silbato en la garganta. Se te olvida, me decían. No, a mí no. Esa mirada sin hacer y de qué manera se removía para buscar mi pecho. No, a mí no. Y luego ves a un recién nacido y miras a tu hija y sabes qué pasó por ahí pero se te ha olvidado. Ahora mi hija tiene diez meses y yo un pequeño recuerdo de ella, de todos sus ella, antes de llegar a este ahora. Como memoria la tengo a ella. A ella y a un puñado de palabras que he ido guardando como conserva.

Mete las tetas en agua caliente cuando te venga la subida de la leche, la mejor recomendación sobre lactancia. A mí me salvó la vida. (Gracias, Anacris)

Quizá tengas la necesidad de que otras madres te cuenten cómo hacen ellas con sus criaturas. Odiarás que otras madres te cuenten cómo hacen ellas con sus criaturas.

Si no consigues evitar que te lo cuenten, te trasladarán la sensación de que tú lo haces todo mal y que tu criatura es la que peor duerme, la que come fatal y la que más llora.

Si vas a ser madre, una madre normal de las que no salen en portadas, tu cuerpo cambiará. Almorranas, se te escapa el pis, se te caerá el pelo, te dolerá el coxis, tendrás estropeado el suelo pélvico, se te caerán las tetas. Te quedarás sin tetas. Dormirás poco o mal. Ojeras. Más tripa de la que tenías. La espalda dejará de llevarse bien contigo. Algo te pasará. O te pasará todo.

Todas las frases que odias que te digan durante el embarazo y que son verdad. Aprovecha y duerme. Todo es normal. Verás lo que es no tener tiempo. Un hijo lo cambia todo. El cuerpo no vuelve a ser el mismo. Ya no dormirás a pierna suelta nunca más. Me he convertido en una de esas personas que desea a las embarazadas una horica corta.

Quieres hacerlo bien. Le pones mucha música. También música clásica, claro. Quieres que desarrolle el gusto. Que lo desarrolle bien. La estimulas con algunas letras que vayan más allá de una loba que tenía cinco lobitos detrás de una escoba y a los cinco criaba y les daba teta. Algo más. Algo mejor. La llevas a conciertos donde pueda escuchar algo de música que a ti te gusta. Le cantas. Parece que le gusta. Con la música se pone contenta y se mueve como hacen los abuelos en una boda. Agita el cuerpo con las manos arriba. Con otra música se tranquiliza. Sí, sirve para algo. Sí, puede que lo estemos haciendo bien. Y luego ves cómo alucina cuando mi madre le pone El popurrí de las manos del Cantajuegos. Nosotros  habíamos tratado de evitarlo. Y se queda parada, con la mirada fija, en cuanto empiezan a sonar los primeros acordes de la cabecera de la serie El secreto de Puente Viejo, cantada por Ana Belén. Su abuela la tiene puesta cuando Carmela merienda en su casa. Y le encanta escucharla. Entonces coges todo tu esfuerzo adoctrinador y le haces una pedorreta, como esas que hace tu hija cuando algo no le gusta.

Nada más salir del hospital, nos fuimos a celebrar la llegada de Carmela a un bar, brindando por ella con una cerveza. Con esa actitud hemos vivido estos diez meses, intentando incorporar al nuevo miembro de la familia a las cosas que nos gustan para no dejar de hacerlas. Hemos adaptado horarios y rutinas, sí, y algunas cosas han desaparecido de la agenda. Ir al cine nos resulta complicado, por ejemplo. Sí salimos a correr con el carro, nos vamos de comida con amigos, de viaje, o de conciertos. Intentamos hacer todo aquello que nos proporciona algo de felicidad. Y no nos cuesta esfuerzo renunciar a cosas porque, por encima de ellas, elegimos disfrutar de tener una hija. Creo que la palabra clave es esta, disfrutar.

Tener una criatura es ponerte en el disparadero de la necesidad que otras personas tienen en aconsejar. Personas que tienen relación contigo o las que te encuentras por la calle y te asaltan con una recomendación no solicitada. Un día me gritaron desde una ventana cómo debía llevar vestida a mi hija. La semana pasada, una mujer me impartió una clase magistral sobre cómo sujetar bien el carro mientras esperaba que pasara el tranvía. Yo le pregunté si tenía mucha experiencia por hijos y nietos y me dijo que no, que no tenía ninguna de las dos cosas, pero que se fijaba mucho.

No siempre puedes evitar lo que no quieres. Por ejemplo, el color rosa. Es imposible no acabar comprando algo de ese color porque, en ocasiones, es la única opción. Y luego están los regalos que te hacen los demás. Si es niña, serán cosas rosas. El azul para los niños. Llega un momento que incluso el rosa no te parece tan malo. Hasta que ves una camiseta rosa en la que está escrito “guapa como mamá” y una azul en la que se puede leer “listo como papá”. Y te cagas en la puñetera gama cromática, en los pasillos con juguetes con envoltorios rosas para niñas y otros en azul para los niños, en el empeño en llamar a las niñas princesas, en los anuncios sexistas de televisión y en los escasos cuentos que tienen a una niña como protagonista. Te cagas en todo y le compras a tu hija un camión. Un camión grande, que estaba en el pasillo de los niños, con su paquete azul. Y vas a la caja a pagarlo y la cajera pasa el camión por el lector y luego ve a tu hija en el carro y le dice: “Uy, qué niño tan guapo y qué camión más chulo que tiene”.

Pasas todo un embarazo. Con sus alteraciones en tu cuerpo, con sus incomodidades, con las visitas al médico, con las revisiones y todas las aperturas de piernas, con los pies hinchados, con el dormir mal, con todo. Pasas un embarazo y un parto. Un parto que puede ser bueno y corto. Y siendo bueno y corto tiene dolores, y esfuerzo, y sangre, y puntos. Pasas todo eso y tu hija se parece a su padre. Es igual que su padre. Y cada día se parece más. Y te lo recuerda todo el mundo que la ve. Es igual que su padre. Clavada. Un clon. Cada día se parece más. Te lo dicen tanto, tanto, que te acaba sonando a reproche. Y juras en tres o cuatro exabruptos. Tu hija se ríe. Y ves que tiene algo de ti.

Hay una tendencia a dirigirse a las embarazadas, sobre todo si van a ser madres primerizas, como si fueran inútiles. Los libros sobre el embarazo y la crianza del bebé están llenos de imperativos, exhortaciones, planteamientos infantiles y un paternalismo atroz. Yo no pude evitar leer mucho pero tampoco cabrearme al hacerlo. Y lo sigo haciendo. De vez en cuando me tropiezo con algún artículo en el que una madre habla de su modelo de crianza como si fuera una religión. Muerte al tacataca, la teta hasta que haga la comunión, el BLW es la hostia que nos consagra como buena madre (puede que todavía no hayas llegado a esta pantalla, pero ya sabrás lo que es), sólo comida orgánica, la leche tiene que ser de avena, los gusanitos son el mal, un mal lleno de sal y aditivos, potitos nunca... El tema vacunas ya es algo aparte. A mí me parece fetén que alguien no vacune a sus hijos, siempre que se vayan a vivir a una cueva a cientos de kilómetros de cualquier contacto con la civilización de niños vacunados. Lo mejor es el chupete. Lo mejor es no darle chupete. Lo mejor es el pecho. Guardería sí. Guardería no. Lo mejor es la leche de fórmula. Dale en biberón. Biberón, nunca. Mejor el colecho. Mejor en su cuna. Que empiece a comer a trozos. Que empiece con triturados. Mejor en el carro. Mejor el porteo. Que se duerma en brazos. Que se duerma solo. La luz apagada. La luz encendida. Que no pruebe nada. Que lo pruebe todo. Me enerva mucho encontrarme con pseudocientíficos que hablan de forma categórica sobre lo bueno o malo en la crianza de tu hijo. Los padres, en función de sus elecciones y posibilidades, crearán el modelo con el que quieren criar a sus hijos. Como dirían en Amanece que no es poco “El libre albedrío, bien usado, no tiene problema alguno”.

La oferta de productos y actividades relacionadas con el mundo bebé es enorme. Yo sucumbí a ir a clases de yoga con bebés. Aguantamos una clase. A mí me puso muy nerviosa la obligación de relajarme y de concentrarme en la conexión con mi hija cuando yo ya me sentía relajada y conectada con ella. Carmela se puso a llorar cuando sonó una música que, supuestamente, ayudaba a tranquilizar a los bebés. Se ve que no era para nosotras.

A Carmela le compré libros antes de nacer y le voy aumentando su biblioteca aunque todavía no lea. Entre sus primeros juguetes había varios libros de tela y ahora ya tiene libros de cartón duro. Me siento la madre más orgullosa cuando veo que sus diez meses ya saben pasar las páginas de un libro y que disfruta cuando jugamos a leer un cuento. Y digo jugamos porque para ella es un juego y así me gustaría que lo siga sintiendo cuando ya pueda leer.

Desde que soy madre, me cunde mucho más el tiempo. No te sobran los minutos así que haces por no desperdiciarlos. No entiendo cómo tener hijos puede ser algo que pese negativamente a la hora de acceder a un empleo. Si dependiera de mí, priorizaría la contratación de madres y padres como estrategia empresarial.

Observar  a alguien descubrir el mundo, ayudar a aprender y ver crecer, me parece de lo mejor que puede vivir una persona.

Me divierto más desde que soy madre. Me divierto el doble. Me divierto con lo que le divierte a mi hija y me divierto con lo que me divierte a mí. Incluso ahora, por primera vez en mi vida, me gustan un poco las palomas porque a Carmela le entusiasma verlas. Se pone nerviosa e intenta ir a cogerlas. Y yo me muero de la risa mirándola. La maternidad también es reírte mucho más.

También tengo más miedo.

Si vas a ser madre, por tu bien, no leas nada que se titule “Si vas a ser madre”.

2 comentarios:

  1. Ya sabes que te sigo y, aunque no vaya a ser madre, me queda la opción de ser abuelo, con el permiso y la colaboración de mis hijos, claro. Pero a lo que iba. Me gustaban tus relatos en presente... ahora ya utilizas con más frecuencia el pasado... y no creo que estés quemando etapas, simplemente, que los hijos crecen, crecen muy de prisa, y antes de que te enteres, ya estás calculando tu edad con la edad de tus hijos. Un abrazo Iguacel, y otro a tu hija...

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