lunes, 19 de septiembre de 2016

Un año

Un año ( El Periódico de Aragón - 17/09/2016 )

Hace justo un año de ti, también hace justo un año que yo soy distinta. Antes de ti, los cambios no alteraban el equilibrio. Me cortaba el pelo, me compraba ropa y muebles, aprendía algo nuevo, me aficionaba a una serie, descubría un autor o un plato desconocido. La vida muta aunque no te muevas del sitio. Pero contigo ha sido diferente. Tú me has colocado en otro lugar y has alterado la colocación de las cosas. Las físicas y las otras. Antes de que llegaras, por ejemplo, ya preparamos tu espacio haciendo desaparecer un estudio para crear tu cuarto. Solía tener las dudas esparcidas por toda la casa. Ahora lo que hay son juguetes y todo aquello que agarras de cualquier parte para abandonarlo en algún lugar del suelo. Los miedos y las ilusiones también son diferentes, por ejemplo. Hace justo un año de nosotras. No tocaba conocernos, era pronto. Nos habían amenazado con provocarnos el parto, y parece que no estabas dispuesta a que un extraño te dijera en qué momento tenías que salir. El día antes de parir, de parirte, me fui al cine. Estaba incómoda, me molestaba el cuerpo, pero creía que era por el volumen de la tripa. No sentí que fueras a llegar de forma inmediata. Me hice una fotografía. Tu abuela me dijo que en esa foto me había visto la cara rara. Dos días antes de tenerte, tu padre me fotografió como llevaba haciendo desde el principio del embarazo, para ver cómo iba cambiando mi cuerpo contigo dentro. Ese último día no pudo repetir la foto porque se estropeó la batería de la cámara al realizar el primer disparo. Llegaste antes de comprar otra batería. Rompí aguas por la mañana. Pensaba que se me estaba escapando un poco el pis, aunque no se me había escapado en todo el embarazo. Bueno, sí, al estornudar, sí, un poco. Agradecí tener un sistema público de sanidad como el que tenemos. Pese a todo. Naciste por la noche. Tuve muy buen parto. Podría volver a contar los detalles una y otra vez. Los escribí en un texto para que te los guardaras. Te he ido escribiendo muchos ratos de este primer año. Desde que sólo eras un vientre abultado y unas ganas irrefrenables de comer pepinillos rellenos de atún. Había una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos. Tu llanto y la leche saliendo de mi pecho. Tus primeras veces. El día en el que te descubriste las manos. Cuando dijiste mamá por primera vez. Mis dolores de espalda por tenerte tanto en brazos. El gateo. El día en el que te descubrí un diente. He escrito para guardar en conserva tus momentos. Te voy tejiendo palabras porque no sé hacer manualidades. Y el escribirte se me escapa de los dedos desparramándose como todos tus juguetes por casa. Tenía que hacer una columna de opinión, pero me aburre comentar la actualidad de este comienzo de curso más gastado que nunca, donde parece que la vida está parada mientras para mí, es mi primer septiembre distinto, el más vivo. Es el primero contigo. Como para no dedicarte el artículo.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Septiembre alienígena

Septiembre alienígena ( El Periódico de Aragón - 03/09/2016 )

Se acaba de hacer público que en mayo del año pasado un radiotelescopio ruso recibió una señal extraña de una estrella a noventa y cinco años luz. Una señal de radio potente, que no se volvió a repetir y que podría provenir de una civilización extraterrestre. Es una noticia muy oportuna para comenzar septiembre. Un mes que siempre huele a nuevo, a cambio de armario, a coleccionables y a promesa de dieta mientras se apuran las últimas cervezas del verano.

EMPEZAR EL curso con alienígenas es todavía mejor que comenzarlo sin Gobierno. La política me sabe a una serie de la que te vas desenganchando. No, mejor todavía, es como cuando estás viendo en el televisor algo que te interesa pero no puedes evitar quedarte dormida. Toda tu concentración intenta sujetar los párpados pero la vida es más urgente y más fuerte. Te duermes. Nos cansa todo. Nos cansa y hacemos un chiste. Si dejamos de reír, los malos ganan. Sí, pero en nuestras carcajadas se pueden construir edificios, listas de espera, reválidas y leyes mordaza. Se nos ha colado el entusiasmo en la lavadora y al sacarlo estaba encogido. Qué pesadez es septiembre y la sensación de actualizarte el móvil, las ganas y todo. Empezar una y otra vez. Cada año tiene varios días de año nuevo. Las nuevas temporadas tienen que sacudir los cuerpos para matar polillas. Algo distinto. ¿Te acuerdas de la fotografía de la niña siria que trataba de cortar con un cuchillo de plástico la verja del campo de refugiados en el que estaba retenida? Ya han pasado meses desde esa foto pero la historia ha cambiado poco. El otro día fue Omran, un niño de cinco años, el que estaba sentado en una ambulancia, con el rostro ensangrentado y cubierto de polvo. La tragedia se recorre en imágenes como si fuera el juego de la oca. De una a otra. Y no se cambia el tablero, sólo se hacen más altas las barreras para moverte de casilla en casilla, de un sitio a otro.

SIRIA LANZA una campaña para promocionarse como destino turístico. En medio de una guerra que ya ha hecho huir a más de cinco millones de personas. Se acaba el tiempo de playa así que dejaremos de hablar de cómo tienen que vestirse las mujeres para bañarse, aunque seguro que continuaremos hablando de cómo deben vestirse las mujeres en general. Yo empecé septiembre comprándome un cuaderno y un antiojeras, eso es actitud. Las ciudades están llenas de gente cazando por las calles bichos de mentira. La realidad virtual amenaza a la realidad de toda la vida. "Te levantas por la mañana, estás unos minutos en Marte y pasas un rato con tus hijos", leo en un titular. Depresión posvacacional. Ahora todo tiene que ser tratado como una enfermedad, así nos aseguramos que haya un grupo de expertos sacando tajada de la estupidez social. No creo que la señal de radio recibida haya sido cosa de los extraterrestres. Me extrañaría que si hay vida inteligente más allá de la Tierra, quisieran ponerse en contacto con nosotros.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Las princesas también se tiran pedos

Las princesas también se tiran pedos ( El Periódico de Aragón - 20/08/2016 )

Una prima dio a luz hace unas semanas. Días después de salir del hospital me llamó por teléfono. Quería preguntarme si era normal seguir sangrando cuando ya han pasado varios días desde el parto. Sí, le dije. ¿Durante cuántos días? No sé exactamente, pero creo recordar que yo estuve sangrando durante tres semanas o más. ¿De verdad? Nadie me había explicado esto. Yo tuve una sensación parecida cuando parí. Sabía que después de dar a luz tenías un sangrado parecido a la regla durante unos días. Pero también me sorprendí --y asusté-- al ver que pasaban los días y aquello, mi cuerpo, seguía sangrando. Me acordaba de esto mientras leía un artículo sobre Fu Yuanhui, una nadadora china que quedó cuarta con su equipo en una prueba de relevos en los Juegos Olímpicos. Al salir del agua, mientras se retorcía de dolor, dijo: "Ayer me vino la regla así que hoy me siento particularmente cansada. Pero no es excusa, no he nadado lo suficientemente bien". En estas olimpiadas se ha hablado de jugadoras de vóley playa que compiten con bikini y otras con velo. Casi la mitad de los deportistas de Río son mujeres y, sin embargo, ocupan sólo un tercio de la información deportiva. Además, para hablar de sus logros, en el caso de las mujeres, también es noticia su físico, su vida sentimental o su maternidad. La Universidad de Cambridge ha realizado un estudio sobre el sexismo en el lenguaje deportivo: ellos son campeones mientras ellas son las reinas, ellos ganan o dominan, ellas compiten o se esfuerzan. Se ha comentado todo esto, sí, pero a mí me ha llamado más la atención la regla de Fu Yuanhui porque visibiliza, oh, sorpresa, que las mujeres tenemos la regla. Es algo que se conoce, sí, pero también se trata como si no pasara. Hace unos años, en una conversación familiar, una de mis tías dijo que ponerse tampones estaba muy bien pero que era un problema no poder orinar mientras lo llevabas. Ese es el grado de desconocimiento que muchas veces se tiene sobre el propio cuerpo. El otro día hablaba con unas amigas de la regla. Una se quejaba de la cantidad de sangrado y del dolor de tripa. A mí, desde que tuve a mi hija, la regla viene con unos dolores de cabeza bastante incapacitantes. Sin embargo, no se trata este tema, al revés, los anuncios están llenos de reglas que expulsan un líquido azul y de mujeres a las que la menstruación les hace cosquillas. Hace unos meses, con un grupo de madres recientes, hablábamos de los daños colaterales del parto y de cómo hay un silencio colectivo que los oculta. Escapes de orina. Desajustes hormonales. Cambios de peso. Problemas en las articulaciones o en la espalda. Coxis dañado. Suelo pélvico que necesita rehabilitación. Hemorroides. Nada de eso aparece en las portadas y sí las madres famosas que recuperan su figura al mes de parir. Las princesas también se tiran pedos, se titula un libro de mi hija. Feminismo también es no guardarnos cosas como si fueran secretos.

lunes, 8 de agosto de 2016

Los bancos no sirven para sentarse

Los bancos no sirven para sentarse ( El Periódico de Aragón - 06/08/2016 )

Agosto duele en el asfalto para los que nos quedamos trabajando en las ciudades. Se sufre el calor pero tienes la recompensa del espacio. Tu soledad está algo más ancha y tienes la sensación de que las calles son un poco más tuyas. Me duró poco esta pulsión terrateniente. Al caminar por la calle Asalto, unas terrazas llenas de gente me impedían seguir mi paso. Varios bares habían dispuesto mesas a los bordes de la acera, dejando un pasillo central por el que podían pasar los viandantes. En un tramo de la calle, la acera se estrecha. A los lados seguían las mesas sin que dejaran espacio para andar entre ellas. Habían privatizado la calle.

Denuncian a un hotel por cobrar el aire acondicionado. Tres euros al día cuesta hacer uso de la climatización. Esto no es nada, ya hay sitios donde te cobran por respirar. En un aeropuerto de Venezuela instalaron generadores de ozono y así pudieron cobrar una tasa por usarlo a todos los viajeros. En China cada vez se hace más complicado respirar aire que no esté contaminado. Algunos restaurantes han dispuesto en sus locales unos aparatos purificadores para que el cliente se oxigene mientras come. En la factura se incluye el precio del menú y el de respirar. El aire se ha convertido en una mercancía, como la sangre.

La Comunidad de Madrid tiene un convenio firmado con Cruz Roja para que esta se haga cargo de las extracciones de sangre en la calle. Los madrileños ya han pagado 16 millones de euros por este acuerdo que entró en vigor en 2014. Empleados del servicio público de extracciones han llevado a los tribunales este convenio ya que consideran que es innecesario y gravoso para las arcas públicas. Se fijó en 67 euros el precio por bolsa de sangre. Los trabajadores no entienden por qué este precio y no otro, ya que no hay ningún documento en el convenio que justifique la fijación del coste. También denuncian que Cruz Roja no ha podido cumplir hasta ahora las previsiones establecidas. No ha obtenido tantas bolsas como se había comprometido en el convenio. Sin embargo, este sí recogía que el pago, mensual, sería del 95% de la doceava parte del importe anual previsto. Es decir, se cobra como si se consiguiera el 95% de las bolsas fijadas, con independencia de que finalmente se obtengan o no.

APENAS HAY fuentes públicas de agua en nuestras calles. Y los bancos cada vez son más escasos, pequeños o incómodos. Sé de algunos que siempre están vacíos porque es imposible que en ellos se siente un cuerpo humano. Te vas de vacaciones para madrugar y poder plantar tu sombrilla en primera línea de playa. La saturación obliga a lindar el territorio. Rodeas tu hamaca con un montículo de arena. Así evitas que te coma terreno el vecino al mover la toalla. Decían en el informativo que se ha llegado a alquilar un colchón en la terraza como habitación de veraneo. Hasta la miseria se parcela. Esto que escribo no vale nada, por eso nadie intenta comprarlo.

Si vas a ser madre



Cualquier momento es bueno para hablar de tu parto. Verás.

La memoria no es un almacén infinito, ni siquiera para guardar todo lo relativo a tu criatura. Se te olvida, me decían, el tamaño que tenía cuando nació. Te amoldas a un cuerpo que crece y no recuerdas cómo era cuando lo tuviste en brazos por primera vez. No, eso no me pasará a mí. Carmela abultaba dos palmos tendida sobre mi torso. Y sus manos. Y sus pies. Diminutos. Cómo se me va a olvidar ese llanto agudo de gato recién nacido. Parecía que tenía un silbato en la garganta. Se te olvida, me decían. No, a mí no. Esa mirada sin hacer y de qué manera se removía para buscar mi pecho. No, a mí no. Y luego ves a un recién nacido y miras a tu hija y sabes qué pasó por ahí pero se te ha olvidado. Ahora mi hija tiene diez meses y yo un pequeño recuerdo de ella, de todos sus ella, antes de llegar a este ahora. Como memoria la tengo a ella. A ella y a un puñado de palabras que he ido guardando como conserva.

Mete las tetas en agua caliente cuando te venga la subida de la leche, la mejor recomendación sobre lactancia. A mí me salvó la vida. (Gracias, Anacris)

Quizá tengas la necesidad de que otras madres te cuenten cómo hacen ellas con sus criaturas. Odiarás que otras madres te cuenten cómo hacen ellas con sus criaturas.

Si no consigues evitar que te lo cuenten, te trasladarán la sensación de que tú lo haces todo mal y que tu criatura es la que peor duerme, la que come fatal y la que más llora.

Si vas a ser madre, una madre normal de las que no salen en portadas, tu cuerpo cambiará. Almorranas, se te escapa el pis, se te caerá el pelo, te dolerá el coxis, tendrás estropeado el suelo pélvico, se te caerán las tetas. Te quedarás sin tetas. Dormirás poco o mal. Ojeras. Más tripa de la que tenías. La espalda dejará de llevarse bien contigo. Algo te pasará. O te pasará todo.

Todas las frases que odias que te digan durante el embarazo y que son verdad. Aprovecha y duerme. Todo es normal. Verás lo que es no tener tiempo. Un hijo lo cambia todo. El cuerpo no vuelve a ser el mismo. Ya no dormirás a pierna suelta nunca más. Me he convertido en una de esas personas que desea a las embarazadas una horica corta.

Quieres hacerlo bien. Le pones mucha música. También música clásica, claro. Quieres que desarrolle el gusto. Que lo desarrolle bien. La estimulas con algunas letras que vayan más allá de una loba que tenía cinco lobitos detrás de una escoba y a los cinco criaba y les daba teta. Algo más. Algo mejor. La llevas a conciertos donde pueda escuchar algo de música que a ti te gusta. Le cantas. Parece que le gusta. Con la música se pone contenta y se mueve como hacen los abuelos en una boda. Agita el cuerpo con las manos arriba. Con otra música se tranquiliza. Sí, sirve para algo. Sí, puede que lo estemos haciendo bien. Y luego ves cómo alucina cuando mi madre le pone El popurrí de las manos del Cantajuegos. Nosotros  habíamos tratado de evitarlo. Y se queda parada, con la mirada fija, en cuanto empiezan a sonar los primeros acordes de la cabecera de la serie El secreto de Puente Viejo, cantada por Ana Belén. Su abuela la tiene puesta cuando Carmela merienda en su casa. Y le encanta escucharla. Entonces coges todo tu esfuerzo adoctrinador y le haces una pedorreta, como esas que hace tu hija cuando algo no le gusta.

Nada más salir del hospital, nos fuimos a celebrar la llegada de Carmela a un bar, brindando por ella con una cerveza. Con esa actitud hemos vivido estos diez meses, intentando incorporar al nuevo miembro de la familia a las cosas que nos gustan para no dejar de hacerlas. Hemos adaptado horarios y rutinas, sí, y algunas cosas han desaparecido de la agenda. Ir al cine nos resulta complicado, por ejemplo. Sí salimos a correr con el carro, nos vamos de comida con amigos, de viaje, o de conciertos. Intentamos hacer todo aquello que nos proporciona algo de felicidad. Y no nos cuesta esfuerzo renunciar a cosas porque, por encima de ellas, elegimos disfrutar de tener una hija. Creo que la palabra clave es esta, disfrutar.

Tener una criatura es ponerte en el disparadero de la necesidad que otras personas tienen en aconsejar. Personas que tienen relación contigo o las que te encuentras por la calle y te asaltan con una recomendación no solicitada. Un día me gritaron desde una ventana cómo debía llevar vestida a mi hija. La semana pasada, una mujer me impartió una clase magistral sobre cómo sujetar bien el carro mientras esperaba que pasara el tranvía. Yo le pregunté si tenía mucha experiencia por hijos y nietos y me dijo que no, que no tenía ninguna de las dos cosas, pero que se fijaba mucho.

No siempre puedes evitar lo que no quieres. Por ejemplo, el color rosa. Es imposible no acabar comprando algo de ese color porque, en ocasiones, es la única opción. Y luego están los regalos que te hacen los demás. Si es niña, serán cosas rosas. El azul para los niños. Llega un momento que incluso el rosa no te parece tan malo. Hasta que ves una camiseta rosa en la que está escrito “guapa como mamá” y una azul en la que se puede leer “listo como papá”. Y te cagas en la puñetera gama cromática, en los pasillos con juguetes con envoltorios rosas para niñas y otros en azul para los niños, en el empeño en llamar a las niñas princesas, en los anuncios sexistas de televisión y en los escasos cuentos que tienen a una niña como protagonista. Te cagas en todo y le compras a tu hija un camión. Un camión grande, que estaba en el pasillo de los niños, con su paquete azul. Y vas a la caja a pagarlo y la cajera pasa el camión por el lector y luego ve a tu hija en el carro y le dice: “Uy, qué niño tan guapo y qué camión más chulo que tiene”.

Pasas todo un embarazo. Con sus alteraciones en tu cuerpo, con sus incomodidades, con las visitas al médico, con las revisiones y todas las aperturas de piernas, con los pies hinchados, con el dormir mal, con todo. Pasas un embarazo y un parto. Un parto que puede ser bueno y corto. Y siendo bueno y corto tiene dolores, y esfuerzo, y sangre, y puntos. Pasas todo eso y tu hija se parece a su padre. Es igual que su padre. Y cada día se parece más. Y te lo recuerda todo el mundo que la ve. Es igual que su padre. Clavada. Un clon. Cada día se parece más. Te lo dicen tanto, tanto, que te acaba sonando a reproche. Y juras en tres o cuatro exabruptos. Tu hija se ríe. Y ves que tiene algo de ti.

Hay una tendencia a dirigirse a las embarazadas, sobre todo si van a ser madres primerizas, como si fueran inútiles. Los libros sobre el embarazo y la crianza del bebé están llenos de imperativos, exhortaciones, planteamientos infantiles y un paternalismo atroz. Yo no pude evitar leer mucho pero tampoco cabrearme al hacerlo. Y lo sigo haciendo. De vez en cuando me tropiezo con algún artículo en el que una madre habla de su modelo de crianza como si fuera una religión. Muerte al tacataca, la teta hasta que haga la comunión, el BLW es la hostia que nos consagra como buena madre (puede que todavía no hayas llegado a esta pantalla, pero ya sabrás lo que es), sólo comida orgánica, la leche tiene que ser de avena, los gusanitos son el mal, un mal lleno de sal y aditivos, potitos nunca... El tema vacunas ya es algo aparte. A mí me parece fetén que alguien no vacune a sus hijos, siempre que se vayan a vivir a una cueva a cientos de kilómetros de cualquier contacto con la civilización de niños vacunados. Lo mejor es el chupete. Lo mejor es no darle chupete. Lo mejor es el pecho. Guardería sí. Guardería no. Lo mejor es la leche de fórmula. Dale en biberón. Biberón, nunca. Mejor el colecho. Mejor en su cuna. Que empiece a comer a trozos. Que empiece con triturados. Mejor en el carro. Mejor el porteo. Que se duerma en brazos. Que se duerma solo. La luz apagada. La luz encendida. Que no pruebe nada. Que lo pruebe todo. Me enerva mucho encontrarme con pseudocientíficos que hablan de forma categórica sobre lo bueno o malo en la crianza de tu hijo. Los padres, en función de sus elecciones y posibilidades, crearán el modelo con el que quieren criar a sus hijos. Como dirían en Amanece que no es poco “El libre albedrío, bien usado, no tiene problema alguno”.

La oferta de productos y actividades relacionadas con el mundo bebé es enorme. Yo sucumbí a ir a clases de yoga con bebés. Aguantamos una clase. A mí me puso muy nerviosa la obligación de relajarme y de concentrarme en la conexión con mi hija cuando yo ya me sentía relajada y conectada con ella. Carmela se puso a llorar cuando sonó una música que, supuestamente, ayudaba a tranquilizar a los bebés. Se ve que no era para nosotras.

A Carmela le compré libros antes de nacer y le voy aumentando su biblioteca aunque todavía no lea. Entre sus primeros juguetes había varios libros de tela y ahora ya tiene libros de cartón duro. Me siento la madre más orgullosa cuando veo que sus diez meses ya saben pasar las páginas de un libro y que disfruta cuando jugamos a leer un cuento. Y digo jugamos porque para ella es un juego y así me gustaría que lo siga sintiendo cuando ya pueda leer.

Desde que soy madre, me cunde mucho más el tiempo. No te sobran los minutos así que haces por no desperdiciarlos. No entiendo cómo tener hijos puede ser algo que pese negativamente a la hora de acceder a un empleo. Si dependiera de mí, priorizaría la contratación de madres y padres como estrategia empresarial.

Observar  a alguien descubrir el mundo, ayudar a aprender y ver crecer, me parece de lo mejor que puede vivir una persona.

Me divierto más desde que soy madre. Me divierto el doble. Me divierto con lo que le divierte a mi hija y me divierto con lo que me divierte a mí. Incluso ahora, por primera vez en mi vida, me gustan un poco las palomas porque a Carmela le entusiasma verlas. Se pone nerviosa e intenta ir a cogerlas. Y yo me muero de la risa mirándola. La maternidad también es reírte mucho más.

También tengo más miedo.

Si vas a ser madre, por tu bien, no leas nada que se titule “Si vas a ser madre”.

martes, 26 de julio de 2016

Enfadarte con lo que no recuerdas

Enfadarte con lo que no recuerdas ( El Periódico de Aragón - 24/07/2016 )

No sé cómo se guardan las cosas en el recuerdo. No llego a entender de qué manera se construye la memoria y por qué te acuerdas de unas cosas y no de otras. Cosas importantes o menores, buenas o malas. Algunas las tienes almacenadas y otras las olvidas.

Recuerdo que mis siete años lloraron amargamente frente a un plato de paella en el comedor del colegio. Casi nunca me gustaba la comida y no la probaba apenas, pero ese día sí me gustaba y me comí mi plato entero. Una profesora no me creyó cuando le dije que ese plato que estaba sin tocar no era mío. Y me lo hizo comer. Lloré de impotencia por que no se me creyera. Todavía hoy me acuerdo de ese llanto y de esa sensación de angustia.

ERA MUY PEQUEÑA pero me acuerdo de la caída del Muro de Berlín, de mi bisabuela, de La bola de cristal, de mi hermana escondiendo galletas en el hueco para la cinta del vídeo en formato VHS. No tenía ni cinco años cuando el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, entró en erupción y una avalancha de tierra y escombros se tragó a la ciudad de Armero. Omaira Sánchez, una niña de trece años, quedó atrapada por el lodo y agonizó, delante de las cámaras, durante casi tres días. Me acuerdo de impresionarme al verla en el televisor y de hablar de ella con mi profesora.

Yo no me acordaba, pero el otro día me recordaron cómo fui la cabecilla de un motín que hizo que toda mi clase hiciera pellas en la asignatura de Lengua y exigiera al profesor una serie de mejoras. No me acuerdo de muchos nombres de gente con la que he compartido momentos. De hecho, se me han olvidado muchos de esos momentos.

Este año también ha habido violaciones en San Fermín. Leo noticias sobre estas agresiones y me encuentro con algunos textos que recuerdan el caso Nagore. No sé de qué hablan. Busco información. Se refieren a Nagore Laffage, una joven estudiante de enfermería que fue asesinada la noche del Chupinazo en 2008. Salió con sus amigas y ya por la mañana se cruzó con José Diego Yllanes, un joven psiquiatra de buena familia que trabajaba en el mismo hospital donde Nagore hacía las prácticas. Fueron a casa de él donde Nagore murió asfixiada después de una paliza que dejó su cuerpo lleno de hematomas. Su asesino intentó trocear su cadáver y le cortó un dedo. Abandonó su cuerpo a las afueras de Pamplona. No sé cómo no recuerdo esta brutalidad. Leo sobre el caso, veo reportajes y un documental. Me obsesiono con reparar este olvido.

CUATRO ACUSACIONES pidieron una condena por asesinato que finalmente se quedó en homicidio, por considerar como atenuantes el alcohol y la reparación económica del daño. La madre de Nagore tuvo que aguantar cómo el jurado popular le preguntó si su hija era muy ligona. Intentos de culpabilizar a la víctima. Con el recuerdo no puedes enfadarte, me dijo el otro día mi madre. Pero yo me he cabreado muy fuerte estos días con no recordar a Nagore. A ella y a todas las Nagores. Olvidarlas es como condenarlas a ellas.

Verano a la plancha

Verano a la plancha ( El Periódico de Aragón - 09/07/2016 )

Cuento los años que han pasado desde el año 2002. Parece que ese año me queda más cerca pero la cercanía, a veces, es cosa de catorce años. Ese verano me fui de viaje con mi novio de entonces. Ese fue el primer verano del euro. No teníamos dinero, ni en pesetas ni en euros. Fuimos de camping. Estuvimos a punto de separarnos en la colocación de la primera piqueta de la tienda de campaña. El amor antes de Quechua. Si montar una tienda de campaña no nos había roto como pareja, nuestra relación sería irrompible. Eso pensé en ese momento. Eso se piensa cuando por tu pareja no han pasado los años, las discusiones o las afinidades que comienzan a desafinar. Comíamos sobres de pasta o cualquier otra cosa que se pudiera cocinar en el pequeño hornillo. La palabra cosa aquí está bien puesta. Lo que te llena el estómago puede no ser algo que se merezca ser llamado alimento. El otro día conté a un grupo de amigos cómo el único capricho de ese viaje fue comernos unas gambas a la plancha. Mi novio y yo llevábamos unos días mirando la carta del restaurante del camping como quien mira el cargo de presidente del Gobierno después de unas segundas elecciones. La última noche nos dimos el lujo de pedir media ración de gambas a la plancha. Tres gambas para cada uno. No nos llegaba para más. Después nos fuimos a nuestra tienda a matar el hambre con un bocadillo. Tomamos un café en un bar cerca de la playa. Estábamos en la Costa Brava. Nunca me he olvidado de lo que me costó un café con leche allí, ese café con leche del primer verano del euro en un sitio de playa: dos euros. Me acordaba de esto mientras entrevistaba hace unas semanas al escritor Juan Tallón. Contaba que él escribe para no tener que hacer cosas peores, para controlar los desastres que puede ocasionar si se dedica a algo fuera de la literatura. Ponía como ejemplo sus tiempos de camarero. Se retiró de la profesión cuando llegó la moneda común. Le costaba hacer el cambio de pesetas a euros y se quedaba varios minutos pensando. Con cada consumición, unos minutos de duda. Le salía muy caro a su jefe así que lo echó. Yo me quise ir de esa Europa que me hacía pagar dos euros por un triste café. Puse una reclamación porque yo sola no podía hacer un brexit. Ahora Reino Unido ha decidido salirse de esta Europa porque no quiere que entren más pobres. No se puede dejar pasar a quien no pueda pagarse unas vacaciones. Nosotros hemos votado para ver quién nos gobierna. Siguen pintando palos, bastos, como hasta ahora. Otro verano sin escapar de ellos. Y con este calor no se puede hacer la revolución, se quema. No entiendo la expresión irse de veraneo, como si se pudiera extirpar el verano a quien se queda sin vacaciones. A ver con qué llenan los informativos aparte de mujeres tomando el sol en tetas. Se me resiste ese viaje que quiero hacer pero unas gambas a la plancha no me las quita nadie, me vaya o me quede. Seguiré en esta columna. Buen verano.

lunes, 27 de junio de 2016

Los héroes no huelen a sucio

Los héroes no huelen a sucio ( El Periódico de Aragón - 25/06/2016 )

Tan rubio, tan alto, tan guapo. Los hombres anuncio no se rebozan en barro. Sus nombres se bordan con hilo de éxito en las camisetas que compran los niños. Nada oscurece su sombra. Evasiones fiscales, multas, exceso de velocidad, altercados, malos tratos, faltas de respeto...Nada. Los héroes no tienen pasado ni cuartos trasteros. Tampoco les huele el aliento ni tienen gases. Nada acalla los vítores. Te tropiezas con un adoquín en la calle y pides responsabilidades al ayuntamiento. Pero a los héroes no se le piden responsabilidades. Es como pedirle a Superman que recoja los destrozos después de salvar el mundo. Parece que David de Gea pudo pagar a Nacho Allende Torbe para organizar citas con prostitutas a sus compañeros del Manchester United y de la selección española sub-21. Eso se deduce del sumario de la Operación Universal. Torbe está actualmente en prisión, acusado de trata de mujeres y delitos contra menores.

El problema, para el Ministro del Interior, es que la imagen de la Selección Española se vea perjudicada. El problema es la presunción de inocencia. El problema es que el dinero se te suba a la cabeza. El problema es la juventud. Pero nunca, nunca, el problema pasa por las víctimas. Hace un tiempo, un sector del público jaleó al delantero del Betis Rubén Castro, imputado por maltrato habitual a su exnovia: "Era una puta, lo hiciste bien". Como apuntaron los abogados de la denunciante: "Lo peor no es que una parte de la sociedad arrope al presunto maltratador, sino ver cómo insultan todavía más a la víctima". Algunos políticos han mostrado su incomodidad viendo jugar a David de Gea en la Selección. Al ministro de Educación, Cultura y Deporte no le incomoda. Él cree en la presunción de inocencia y ha destacado que ahora "es momento de apoyar a la Selección". También ha recomendado que en este tema deben estar "todos los españoles de acuerdo y no enredar". Son sólo unos hilillos de plastilina. Gol. No ha hecho nada ilegal. Si la supuesta víctima acudió a la cita, algo querría. No hay nada que perdonar, si quieren ir de putas, que vayan. ¿Reprobable? ¿El qué? No hay hechos probados, sólo acusaciones y filtraciones parciales e interesadas. Ahora todo el mundo es culpable hasta que dejen de calumniarle. Pero claro, todo vale para llamar la atención. Para mí, igual de asqueroso o más que los tejemanejes que se les imputan, si fueran verdad. Por los famosos mensajes, que ni la policía y ni el juez se creyeron, ya se ha visto que no existe ningún abuso de la chica y era ella la que quería irse con 5 futbolistas. Que sucediera o no es algo que ustedes no pueden demostrar. Todo esto son comentarios en internet sobre la noticia que ha salpicado a De Gea. Al héroe no se le cuestiona. El fair play es para el juego, no para la vida. A mí, todo el asunto, me da mucha vergüenza. Pero, claro, yo no me siento muy española ni mucho española. Quizás por eso, el otro día, yo iba con Croacia.

martes, 14 de junio de 2016

La princesa perrito caliente

La princesa perrito caliente ( El Periódico de Aragón - 11/06/2016 )

Tengo un verano en la piel. Las axilas sujetan los grados de temperatura y se quejan en cerco cuando ya no pueden más. Hace demasiado calor para soportar unas elecciones. Hace demasiado calor para soportar. No nos soportamos. Ni siquiera cuando hace frío. Si se te enfadan los poetas, te quedas sin belleza en las palabras. A ver cómo consigues que no suene mal lo que digas si sólo puedes poner en las frases fanfarria, tocinera, esparadrapo o austeridad. Así no se puede hablar en limpio. Tenemos el enfado guardado en la roña de las uñas y lo lanzamos al menor grito. Creemos que cualquier opinión merece un reproche y ahí estamos para hacer notar nuestro malestar. En público y con faltas de ortografía. Acudimos a un muro de una red social y afeamos la conducta a alguien. Pedimos respeto esparciendo intolerancia. Nos da igual que se hable del color favorito, de cómo cocina el pisto fulanito o de un chiste. Todo nos parece mal. Saltamos a la mínima. Me asombra que lo otro, lo demás, lo contrario o lo diferente nos perturbe. Es como si todavía nos cogiera por sorpresa que la arena de la playa nos queme las plantas de los pies al andar por ella un mediodía caluroso de agosto. A veces, ni siquiera esperamos a que alguien manifieste su opinión, sólo por ser, y estar, nos creemos con el derecho a ladrarle. El otro día paseaba con mi hija. Ella iba en el carro, plácidamente dormida. Extendí la capota del carro para evitar que le diera el sol en la cara. Una señora me chilló desde la ventana de su tercer piso. Me afeaba lo mal que llevaba a mi bebé, que estaba pasando mucho calor porque iba muy abrigado. A gritos, desde su tercer piso. No había nadie más en la calle con su hijo vestido de esquimal, no, se dirigía a mí. A mí, que llevaba a una hija que dormía tranquila, y ligera de ropa, debajo de una capota que impedía que la señora del tercero viera cómo iba vestida.

Nos hemos acostumbrado a ser chusma y a derramar ponzoña. Sin embargo, nos cuesta ejercitar el análisis. En este país se practica el exabrupto, pero no la crítica. Muchos te voy a decir lo que tienes que hacer, estás equivocado, no tienes ni idea, ese planteamiento no es correcto, te has pasado, no llegas, lo haces mal, por ahí no, ya estamos con la cantinela, eso lo dirás tú, te voy a contar cómo son las cosas, qué tontería, qué feo, qué error, tanto vete con tu canción a otra parte, tantos guardianes del aliento dispuestos a atrincherar mi paladar con sus vómitos y tantos esfuerzos en tocar las narices para que luego nos pille a contrapié que nos hagan una crítica. Con sus argumentos, con el conocimiento de la cuestión planteada, con sujeto y predicado. Estamos tan crispados que nos enfada que alguien se atreva a cuestionar una verdad absoluta. Vas a una lista negra. Una niña gana un concurso de princesas disfrazada de perrito caliente. Querer ser tú sin pretender insultar al resto. La elegancia de no chillar desde un tercer piso.

jueves, 2 de junio de 2016

Inventar el recuerdo

Inventar el recuerdo ( El Periódico de Aragón - 28/05/2016 )

Mis abuelos vivían en una parcela en Torrero, en la calle Hermanos Gimeno Vizarra. Tenían un corral en el que también había casas aunque yo las conocí deshabitadas y casi derruidas. Ahí estaba también el antiguo taller de mi bisabuelo. Era herrero y en el corral tenía la fragua. Esta frase está escrita sólo para utilizar la palabra fragua en el texto. Mis abuelos se construyeron una planta que era donde vivían cuando yo era pequeña. En la planta de abajo seguía viviendo mi bisabuela Juana. Yo la conocí de muy cría. Mi madre dice que no puedo tener recuerdo de ella y, en caso de tener alguno, será inventado. Yo recuerdo perfectamente como la llamaba a gritos cuando llegaba porque me daba caramelos. Y tengo la imagen de llamar a su puerta un día y que lo que me diera fuera una mecedora. Mi madre, conciencia de la memoria, insiste en que eso no fue exactamente así. Con siete u ocho años, volviendo del colegio una tarde, le di el regalo que habíamos preparado para celebrar alguno de esos días que se conmemoraban con un cenicero de barro. Mi madre me dijo que ya tenía muchos ceniceros y que no me quedaban muy bien. Me animó a que la próxima vez que la profesora nos pidiera moldear un regalo, yo dejara el barro y escribiera un poema. No me causó un trauma porque soy hermana mayor y tengo muy buen carácter. Pero lo recuerdo nítidamente. Mi madre dice que eso no ocurrió. Entre lo vivido y lo inventado puede haber dos historias de distancia. Aunque no estén tan lejos. Me gustaba inventar cuentos y en una ocasión tuve que inventar de propio un recuerdo. De sopetón y a vuelapluma. Mi padre me ayudaba con los dibujos técnicos del instituto. Mi falta de pericia con las manualidades me ha acompañado como mis lunares, toda la vida. Teníamos que trabajar la perspectiva y yo llevé un dibujo preciosamente hecho por mi padre. Era un salón con su suelo de baldosas cuadradas, con sus paredes, su mesa, sus marcos... Un dibujo demasiado bien hecho porque mi padre no podía presentar algo mediocre. Era tan bueno que el profesor dudó de que hubiera sido realizado por mi escaso talento. Así que me tuvo sentada en una mesa aparte toda una clase para que le demostrara que lo había hecho yo. Tuve que inventarme el recuerdo de hacerlo y tuve que imaginar que lo podía hacer. Ahí estuve trabajándome el personaje, valorando pinceladas, estudiando medidas, sonándome los mocos y cualquier otra acción que me ocupara los minutos. No sé cómo convencí al profesor de que lo había hecho yo. Me apunté a teatro ese mismo día. Los recuerdos son como los espacios en los que jugaste de niña. Se hacen pequeños a medida que pasa el tiempo y tienes que inventarlos para ampliar huecos. El salón de la casa de mi pueblo siempre me había parecido enorme. Hasta que mi piel se vistió de adulta. ¿Cómo quedará cosido en cada cuerpo el recuerdo de lo que estamos viviendo ahora? Llegan un puñado de refugiados. Dar la sensación de que se hace algo. Qué miserables somos. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.