Una bañera rodeada de escombros ( El Periódico de Aragón - 05/03/2016 )
Todo lo que no entiendo lo aprendí de los informativos. El pacto es como el coco para los adultos. Jornadas decisivas en cuanto te levantas de la cama. El día antes de mañana. Se olvidan las fechas señaladas porque todos los días se marcan. En la televisión hay demasiados colores. Las tintas de los periódicos de papel ya no manchan como antes y mira que son sucias sus letras. Muere un escritor y las redes aparecen estucadas con sus textos. Como las carpetas del instituto. El beso se lo lleva el que ponga la mejor cita célebre. Qué rápido se recuerdan lecturas que no se han leído y cómo se olvida la muerte de los que, por no tener, no tienen ni una frase. En un diario digital hablan de los naufragios de refugiados en océanos grandes e invisibles. Al lado de la noticia hay un anuncio de cruceros con chicas en bikini que se bañan en la piscina del barco. ¿A qué venía yo aquí si no era a navegar? Se me va la actualidad por otro lado. Me atraganto. Los grumos de la papilla son más difícil de comer. Los de la sociedad, también. Imagina la bañera de un ático en un edificio alto de una gran ciudad. Una bañera enorme. Imagina ese edificio sin paredes. Una bañera rodeada de escombros en una ciudad descompuesta. Unas niñas que son niñas y disfrutan del baño. Un padre que baña a sus hijas en una bañera rodeada de cascotes, en un piso sin paredes, en un lugar de calles destrozadas. Joder con las vidas rotas. Joder y coño y hostia. Así no se puede hacer poesía. Yo he visto esa imagen. Ha ganado un premio de fotografía. No cabe en este mundo todo el mal que estamos haciendo. Por eso queremos colonizar Marte. Un cuento, por favor. Un cuento para salvarte del deshielo y no morirte de frío. Tengo dentro unos columpios. Y música. Se baila. Unas risas. Algo de beber. La distancia es un animal que ruge mientras tú te cubres la cabeza. De algo hay que morir y por algo hay que intentar salvarse.
Si no haces nada para impedir que el injusticia se extienda, no pasa nada. Si haces una broma, vas al calabozo. Ahora llueve. Llueve por todo y no cala. Si nos calara nos dolerían los ojos de mirar cómo está todo. Ponle soja a lo que pasa. Soja y vinagre de Módena. Ahora todo nos sabe igual. ¿Puedo pedir dos primeros? Y la carne muy hecha y el dolor de espalda y ponerle la funda al edredón y un móvil con la pantalla flexible y el culo irritado por los pañales de marca. Asuntos del aquí cuando no se huye del sitio. Se me cuartean los labios del frío. Grietas. Hay rendijas muy pequeñas por las que se cabe. Y fronteras muy grandes que no se pueden atravesar. Gases contra personas para que no entren. Si no los podemos parar, envenenaremos el aire. Por eso no hay carteles de entradas de emergencia y sí de salidas. A la huída no se le puede exigir que pida turno. Los llamamos refugiados para que se escondan junto a nuestras vergüenzas, no porque queramos darles refugio. Otro febrero que se ha acabado sin empezar una colección por fascículos.
Palabrista. Cazagamusinos a tiempo completo. Catadora profesional de vinagrillos y encurtidos. Pisamierdas cum laude.
jueves, 10 de marzo de 2016
miércoles, 24 de febrero de 2016
La ciudad de las mujeres
La ciudad de las mujeres es un proyecto documental de Vicky Calavia en el que participo. Se estrena el próximo 9 de marzo.
Ondas que te tocan
Ondas que te tocan ( El Periódico de Aragón - 20/02/2016 )
Se ha descubierto que las ondas gravitacionales sí que existen. Einstein lo anunció hace cien años en su teoría de la relatividad y ahora se ha confirmado. Los objetos acelerados producen distorsiones del espacio-tiempo que se propagan por todo el universo. Estas distorsiones son las ondas gravitacionales. Puede que este descubrimiento nos permita aprovecharnos de su energía. No sé de qué manera. Si se me escapa descifrar el llanto de mi hija, cómo voy a comprender todo esto. Lo intento. Es como cuando tiras una piedra a una balsa de agua y se provoca un movimiento circular alrededor del lugar del impacto. Pues algo así pero con agujeros negros, por ejemplo. Un cuerpo masivo perturba. Altera el orden. Igual que Esperanza Aguirre, Ella es como todas las malas de las películas Disney pero en una sola.
Perturbar también significa perder el juicio. Qué miedo da un mundo en el que se encarcela a unos titiriteros y el juez los excarcela diciendo que no hay riesgo porque les han requisado los muñecos. Que no cunda el pánico, ya no podrán hacer ficción. Ese es otro tema. Estamos en un tiempo en el que todo lo que escribes se caduca. No sabemos lo que va a pasar. Y mira Einstein, predijo y acertó. Claro, pero es que él es un científico. En la ciencia es donde caben las certezas. Fuera de ahí, el abismo. ¿Cuánto tiempo pasó él intentando entender el mundo? Es difícil detenerte a mirar algo cuando todo pasa tan rápido que puedes verlo sin necesidad de pararte. Lo que pasa no te huye, pasa. Se queda flotando, como la basura espacial. Y algún día puede caer sobre ti con todo el peso de tu mirar para otro lado. A veces, las ondas que se propagan con determinadas situaciones son muy fuertes y te levantan.
Mis amigos, Sergio del Molino y Cristina Delgado, han abierto una petición en Change.org para que los cuidados paliativos se extiendan a los niños. Para que los niños que van a morir puedan hacerlo en la intimidad de su casa, con su familia y sus juguetes, sin el abandono absoluto del sistema sanitario. No, no nos gusta que la gente enferme y muera, especialmente los niños. Pero a veces pasa, también en los niños. Me gustaría que mis amigos no supieran de lo que hablan. Y quisiera que no se hubieran sentido abandonados. Ellos no pueden impedir que ningún otro niño niño enferme y muera, pero se han propuesto evitar que, si eso sucede, otras familias se sientan abandonadas. Su gesto habla mucho de ellos. Su rabia, su miedo, el amor a su hijo, su dolor, su recuerdo. Todo eso es suyo. Lo que sienten, es su espacio propio y privado. Pero ponen su experiencia como puerta para conseguir lo que ellos no tuvieron, que los servicios paliativos pediátricos domiciliarios sean un derecho para cualquier niño cuyos padres lo soliciten. Su petición sigue propagando ondas en forma de firmas. Te puedes sumar, si quieres. Es de todos y para todos. Gracias.
Change.org/paliativosencasa
Se ha descubierto que las ondas gravitacionales sí que existen. Einstein lo anunció hace cien años en su teoría de la relatividad y ahora se ha confirmado. Los objetos acelerados producen distorsiones del espacio-tiempo que se propagan por todo el universo. Estas distorsiones son las ondas gravitacionales. Puede que este descubrimiento nos permita aprovecharnos de su energía. No sé de qué manera. Si se me escapa descifrar el llanto de mi hija, cómo voy a comprender todo esto. Lo intento. Es como cuando tiras una piedra a una balsa de agua y se provoca un movimiento circular alrededor del lugar del impacto. Pues algo así pero con agujeros negros, por ejemplo. Un cuerpo masivo perturba. Altera el orden. Igual que Esperanza Aguirre, Ella es como todas las malas de las películas Disney pero en una sola.
Perturbar también significa perder el juicio. Qué miedo da un mundo en el que se encarcela a unos titiriteros y el juez los excarcela diciendo que no hay riesgo porque les han requisado los muñecos. Que no cunda el pánico, ya no podrán hacer ficción. Ese es otro tema. Estamos en un tiempo en el que todo lo que escribes se caduca. No sabemos lo que va a pasar. Y mira Einstein, predijo y acertó. Claro, pero es que él es un científico. En la ciencia es donde caben las certezas. Fuera de ahí, el abismo. ¿Cuánto tiempo pasó él intentando entender el mundo? Es difícil detenerte a mirar algo cuando todo pasa tan rápido que puedes verlo sin necesidad de pararte. Lo que pasa no te huye, pasa. Se queda flotando, como la basura espacial. Y algún día puede caer sobre ti con todo el peso de tu mirar para otro lado. A veces, las ondas que se propagan con determinadas situaciones son muy fuertes y te levantan.
Mis amigos, Sergio del Molino y Cristina Delgado, han abierto una petición en Change.org para que los cuidados paliativos se extiendan a los niños. Para que los niños que van a morir puedan hacerlo en la intimidad de su casa, con su familia y sus juguetes, sin el abandono absoluto del sistema sanitario. No, no nos gusta que la gente enferme y muera, especialmente los niños. Pero a veces pasa, también en los niños. Me gustaría que mis amigos no supieran de lo que hablan. Y quisiera que no se hubieran sentido abandonados. Ellos no pueden impedir que ningún otro niño niño enferme y muera, pero se han propuesto evitar que, si eso sucede, otras familias se sientan abandonadas. Su gesto habla mucho de ellos. Su rabia, su miedo, el amor a su hijo, su dolor, su recuerdo. Todo eso es suyo. Lo que sienten, es su espacio propio y privado. Pero ponen su experiencia como puerta para conseguir lo que ellos no tuvieron, que los servicios paliativos pediátricos domiciliarios sean un derecho para cualquier niño cuyos padres lo soliciten. Su petición sigue propagando ondas en forma de firmas. Te puedes sumar, si quieres. Es de todos y para todos. Gracias.
Change.org/paliativosencasa
Tacos de fijación
Tacos de fijación ( El Periódico de Aragón - 06/02/2016 )
Tengo la oportunidad de entrevistar al escritor Marcos Ordóñez con motivo de su libro Juegos reunidos. Me detengo en uno de los relatos que ahí aparecen, en una historia pequeña. Cuenta el autor que, en la estrofa de una canción que hablaba de los barrios de Barcelona, siempre había escuchado que se decía Astor. Finalmente, cuando Ordóñez ya había creado todo un universo a ese barrio desconocido, el dueño de la canción le sacó del error, no decía Astor, decía Las Corts. Y el problema es que Astor ya estaba activado en la mente del escritor. Lo había imaginado y ahora existía. Cómo no iba a existir si le había creado un tipo de luz, pequeñas zapaterías con muy pocos zapatos, olor a nardos de cera y viejos sentados en bares mirando al fondo de los vasos como si se les hubiera caído algo dentro. Me sentí aludida en la anécdota. A mí me pasó con una canción de Aute. Me aprendí la letra antes de entenderla porque mis padres ponían el disco con frecuencia cuando yo era pequeña. Y ya, para siempre, fijé en la memoria "la Venus del Nilo" donde se decía "la Venus de Milo". Y sólo reparé en mi confusión cuando un novio se percató del cambio de letra. Y, para entonces, de la misma manera que había hecho Marcos Ordóñez, yo ya tenía confeccionada una historia para esa venus romana que había llegado hasta África. Así funciona la literatura, creando universos de verdad para explicarse la realidad. Muere el inventor de los tacos de fijación. Los tacos se necesitan para fijar los tornillos. Sujetan, igual que hace la literatura. Son tan útiles que yo misma me compré en Ikea una caja con tacos de distintos tamaños. Yo, que no tengo taladro. No los he utilizado nunca. El universo real puede ser más inútil que el inventado. Mira el Congreso. Está intratable. Por eso las distintas fuerzas políticas se encargan de dibujar ficciones que alimenten el miedo, la ambición, la posibilidad de cambio, los entendimientos o diferencias. No sabemos lo que va a pasar pero cada uno tiene su proyección. Yo me encuentro como si asistiera a una sesión de realidad virtual y estuviera haciendo aspavientos para espantar monstruos imaginarios. Quita, bicho. El inventor de los tacos de fijación también inventó el flash sincronizado para cámaras de fotos. Flash también es una noticia breve que emiten los medios de comunicación con carácter urgente. Y pienso en las informaciones sobre los refugiados y en las fotografías de niños muertos. No hay tacos que aguanten lo que pesa la vergüenza de esta realidad. "Si Europa fracasa en la cuestión de los refugiados, su relación con los derechos universales de los ciudadanos quedará destruida y no tendremos la Europa que queremos imaginar". Esto lo dijo Merkel. Y la respuesta de Europa fueron vallas, negativas a acoger refugiados, palos en las fronteras o cupos sin hacer nada para poner en marcha la recepción. Y más muertes. Entonces sí, siento que hay algo peor que lo que estamos viendo, el mundo que se imaginan algunos.
Tengo la oportunidad de entrevistar al escritor Marcos Ordóñez con motivo de su libro Juegos reunidos. Me detengo en uno de los relatos que ahí aparecen, en una historia pequeña. Cuenta el autor que, en la estrofa de una canción que hablaba de los barrios de Barcelona, siempre había escuchado que se decía Astor. Finalmente, cuando Ordóñez ya había creado todo un universo a ese barrio desconocido, el dueño de la canción le sacó del error, no decía Astor, decía Las Corts. Y el problema es que Astor ya estaba activado en la mente del escritor. Lo había imaginado y ahora existía. Cómo no iba a existir si le había creado un tipo de luz, pequeñas zapaterías con muy pocos zapatos, olor a nardos de cera y viejos sentados en bares mirando al fondo de los vasos como si se les hubiera caído algo dentro. Me sentí aludida en la anécdota. A mí me pasó con una canción de Aute. Me aprendí la letra antes de entenderla porque mis padres ponían el disco con frecuencia cuando yo era pequeña. Y ya, para siempre, fijé en la memoria "la Venus del Nilo" donde se decía "la Venus de Milo". Y sólo reparé en mi confusión cuando un novio se percató del cambio de letra. Y, para entonces, de la misma manera que había hecho Marcos Ordóñez, yo ya tenía confeccionada una historia para esa venus romana que había llegado hasta África. Así funciona la literatura, creando universos de verdad para explicarse la realidad. Muere el inventor de los tacos de fijación. Los tacos se necesitan para fijar los tornillos. Sujetan, igual que hace la literatura. Son tan útiles que yo misma me compré en Ikea una caja con tacos de distintos tamaños. Yo, que no tengo taladro. No los he utilizado nunca. El universo real puede ser más inútil que el inventado. Mira el Congreso. Está intratable. Por eso las distintas fuerzas políticas se encargan de dibujar ficciones que alimenten el miedo, la ambición, la posibilidad de cambio, los entendimientos o diferencias. No sabemos lo que va a pasar pero cada uno tiene su proyección. Yo me encuentro como si asistiera a una sesión de realidad virtual y estuviera haciendo aspavientos para espantar monstruos imaginarios. Quita, bicho. El inventor de los tacos de fijación también inventó el flash sincronizado para cámaras de fotos. Flash también es una noticia breve que emiten los medios de comunicación con carácter urgente. Y pienso en las informaciones sobre los refugiados y en las fotografías de niños muertos. No hay tacos que aguanten lo que pesa la vergüenza de esta realidad. "Si Europa fracasa en la cuestión de los refugiados, su relación con los derechos universales de los ciudadanos quedará destruida y no tendremos la Europa que queremos imaginar". Esto lo dijo Merkel. Y la respuesta de Europa fueron vallas, negativas a acoger refugiados, palos en las fronteras o cupos sin hacer nada para poner en marcha la recepción. Y más muertes. Entonces sí, siento que hay algo peor que lo que estamos viendo, el mundo que se imaginan algunos.
lunes, 25 de enero de 2016
He vuelto
He vuelto ( El Periódico de Aragón - 23/01/2016 )
Belleza y miedo es una canción del nuevo disco de Ricardo Vicente. Con las canciones pasa que se quedan flotando en algunos momentos y, al escucharlas tiempo después, siempre te hacen volver a ese instante. Mi embarazo tiene como banda sonora, entre otros, a Ricardo Vicente y a Tachenko. Como si necesitara algo de sonido de aquí para arrullar a mi cría al nacer. O para decirle que, mira, hija, nuestro aquí no es tan feo ni tan malo.
Me fui de esta página sólo por un rato hace ya algunos meses. Tenía que coger aire para empezar a soplar al llegar al parto. Me gustaría darle épica al asunto y poder contar que, mientras dilataba, se me pasaba toda mi vida por delante o pensaba en todas aquellas mujeres que no tienen un hospital público en condiciones para dar a luz. No. Nada. No pensé en nada. Sólo dilataba y me retorcía de dolor con cada contracción. Y eso que tuve muy buen parto. Con mi hija en mi torso, recién salida de mí, entonces, sí, belleza y miedo. "Ni la guerra ni la paz son para ti. Tú eres del miedo y la belleza. Belleza y miedo". Tú. Nunca antes algo me pareció tan bonito. Nunca. Y jamás había sentido tanto miedo. Jamás. Y a partir de ahí, más belleza y más miedo. Una vida nueva obliga a que tengamos que reubicarnos en nuestro mapa de afectos. Hace que se dupliquen algunas relaciones. Mis padres siguen siendo mis padres pero ahora también son abuelos de mi hija y yo me relaciono con ellos como hija y como madre de su nieta. Por el contrario, a mi abuelo lo he perdido. No, no se ha muerto, sólo se ha hecho bisabuelo y se ha olvidado de mí. La invisibilidad, sí, eso también llega con la maternidad. La sensibilidad, el instinto animal, el sueño, la habilidad de hacer cosas con una sola mano, la vulnerabilidad, la fuerza, la falta de tiempo, la ternura, la necesidad de tu tribu, la energía, el aprendizaje, el desorden, las manchas de leche, las lavadoras, las sentadillas, lo nuevo, las risas. Todo eso ha aumentado al tenerte. Todo eso, la belleza y el miedo. Ir al baño con sosiego, sentir ridículo al cantar, la cantidad de veces que te puedes depilar o cortarte las uñas. Estas cosas han disminuido. Creces y vas cambiando sin preguntarme si estoy preparada. Tengo más ambición. Por ti. Todas las cosas que quiero hacer siguen formando parte de mí pero ahora contigo. Y luego están las cosas que deseo y que van más allá de mí. Que haya unas rastas que remuevan el olor a rancio de una política de trajes apolillados. Quiero mirar lo que nos va a pasar sin que me avergüence. Quiero contarte mañana, hija, que ayer todo era peor. Y que tú puedas elegir tu propia historia. Y que haya lobitos buenos y brujas hermosas como en la canción con la que te duermes. Y escribir para entender, para explicarte y para conservar el recuerdo. Lloras. En mi mundo hay nuevas alarmas. La urgencia se llama teta. "Y no te pido más / que me salves en el último momento. Voy a tu encuentro". He vuelto.
martes, 23 de junio de 2015
Hasta luego
Hasta pronto ( El Periódico de Aragón - 20/06/2015 )
Hace tres años y medio que me colé en el hueco de estas páginas y he estado ocupando esta columna de opinión de manera ininterrumpida un sábado de cada dos. 3.000 caracteres ha sido la superficie de este piso de alquiler. Me han dejado arrendarlo con total libertad. Me he esforzado en mancharlo mucho porque he querido que la tinta dejara pasar el relato de muchas de las cosas que nos han estropeado la vida durante estos años. Lo hemos pasado mal y me ha resultado muy difícil que la angustia no tiznara las letras. También me he dejado llevar por lo que me ha entusiasmado y me he enredado en el chiste. Puede que haya escrito cosas que me hagan dimitir de todos mis cargos antes incluso de que me los ofrezcan.
TECLEO desde el estómago y esa es una militancia que no ayuda a hacer carrera política. He tratado de no tomarme en serio. Quizás, para muchas personas, todo lo escrito no haya significado nada. Para mi abuelo cada artículo ha sido mejor que el anterior. A mi madre no le ha gustado casi ninguno. Estoy agradecida a mucha gente que ha dedicado sus minutos a leerme. Sé que en algunos casos se ha debido al cariño que tenían a mi persona y no a mis textos publicados.
Confío en que alguien se haya acercado a mis artículos sin el condicionante de quererme. En cualquier caso, si tengo que elegir, prefiero que me quieran a que me lean. No he creído representar a nadie porque ya me cuesta llevar la carga de mi propio cuerpo. Me ha hecho ilusión cuando alguien se ha sentido identificado con algo de lo que yo he relatado. Me han llegado comentarios muy bonitos, he sentido algo de vergüenza, mucha calidez y he querido tejerme una manta con ellos y meterme debajo.
TAMBIÉN HE TENIDO comentarios duros y me han hecho pensar si lo estaba haciendo muy mal o muy bien. Si tengo algún estilo, podría ser el de escritura de casquería. Me dolería no haber provocado ninguna emoción. No he tratado de contar la realidad sino de mirarla desde mí, torcerle el morro o darle un beso en la boca. Me gustaría creer que escribo algo mejor que cuando empecé a hacerlo aquí. No me gusta pensar que me he acomodado en la escritura de esta columna. Me he cabreado mucho conmigo cuando he sentido que me plagiaba a mí misma. Quizás por eso tengo que salir de estas cuatro paredes escritas. Perderme en un texto sin márgenes o callarme. Tender mi piel y darle aire a todas las palabras que la forman. Descansar de mí en este espacio para no quedarme reducida a una columna que se repite. Seguir escribiendo desde dentro y ahora con un adentro mucho más grande y más vivo.
Espero volver en unos meses a este hueco y seguir escribiendo soltando un poco de mí sin quedarme yo sin nada. Puede que este espacio lo ocupe alguien que tenga mucho más que contar y que además lo cuente mejor. Entonces yo me quedaré a oscuras pero no quieta. Buscaré otra grieta por la que colarme y me sentaré a escribir. Disfrutad de mi ausencia, será breve. Hasta pronto.
Hace tres años y medio que me colé en el hueco de estas páginas y he estado ocupando esta columna de opinión de manera ininterrumpida un sábado de cada dos. 3.000 caracteres ha sido la superficie de este piso de alquiler. Me han dejado arrendarlo con total libertad. Me he esforzado en mancharlo mucho porque he querido que la tinta dejara pasar el relato de muchas de las cosas que nos han estropeado la vida durante estos años. Lo hemos pasado mal y me ha resultado muy difícil que la angustia no tiznara las letras. También me he dejado llevar por lo que me ha entusiasmado y me he enredado en el chiste. Puede que haya escrito cosas que me hagan dimitir de todos mis cargos antes incluso de que me los ofrezcan.
TECLEO desde el estómago y esa es una militancia que no ayuda a hacer carrera política. He tratado de no tomarme en serio. Quizás, para muchas personas, todo lo escrito no haya significado nada. Para mi abuelo cada artículo ha sido mejor que el anterior. A mi madre no le ha gustado casi ninguno. Estoy agradecida a mucha gente que ha dedicado sus minutos a leerme. Sé que en algunos casos se ha debido al cariño que tenían a mi persona y no a mis textos publicados.
Confío en que alguien se haya acercado a mis artículos sin el condicionante de quererme. En cualquier caso, si tengo que elegir, prefiero que me quieran a que me lean. No he creído representar a nadie porque ya me cuesta llevar la carga de mi propio cuerpo. Me ha hecho ilusión cuando alguien se ha sentido identificado con algo de lo que yo he relatado. Me han llegado comentarios muy bonitos, he sentido algo de vergüenza, mucha calidez y he querido tejerme una manta con ellos y meterme debajo.
TAMBIÉN HE TENIDO comentarios duros y me han hecho pensar si lo estaba haciendo muy mal o muy bien. Si tengo algún estilo, podría ser el de escritura de casquería. Me dolería no haber provocado ninguna emoción. No he tratado de contar la realidad sino de mirarla desde mí, torcerle el morro o darle un beso en la boca. Me gustaría creer que escribo algo mejor que cuando empecé a hacerlo aquí. No me gusta pensar que me he acomodado en la escritura de esta columna. Me he cabreado mucho conmigo cuando he sentido que me plagiaba a mí misma. Quizás por eso tengo que salir de estas cuatro paredes escritas. Perderme en un texto sin márgenes o callarme. Tender mi piel y darle aire a todas las palabras que la forman. Descansar de mí en este espacio para no quedarme reducida a una columna que se repite. Seguir escribiendo desde dentro y ahora con un adentro mucho más grande y más vivo.
Espero volver en unos meses a este hueco y seguir escribiendo soltando un poco de mí sin quedarme yo sin nada. Puede que este espacio lo ocupe alguien que tenga mucho más que contar y que además lo cuente mejor. Entonces yo me quedaré a oscuras pero no quieta. Buscaré otra grieta por la que colarme y me sentaré a escribir. Disfrutad de mi ausencia, será breve. Hasta pronto.
jueves, 11 de junio de 2015
Un vaso de leche
Llevo unos meses desayunando un vaso de leche. Beber un vaso de leche no es fácil para mí, no lo ha sido desde que nací y ya me costaba agarrarme al pecho de mi madre. A ella le dio por tomar espárragos y parece que con ellos la leche se vuelve más agria. Seguí rechazando la leche cuando me la daban primero en biberón y luego en vaso. En el comedor escolar nos obligaban a beber un vaso de leche y yo cedía el mío a mi hermana que siempre ha comido mejor que yo y también ha sido más guapa, más alta y más de todo que yo. Yo ahora llevo unos meses desayunando un vaso de leche. Leo 'Distancia de rescate', de Samanta Schweblin, que gira en torno a la figura que le pone título al libro: la distancia de seguridad que una madre trata de no quebrantar para, en caso de fatalidad, poder socorrer a tiempo a su hija. Yo lo leo con un abdomen abultado al que de vez en cuando le sobreviene un golpe desde dentro. La distancia entre nosotras es apenas una capa de piel y al mismo tiempo es mucha porque todavía no te tengo. Sin embargo tomo un vaso de leche cada día por ti. La distancia de rescate llega a mí antes que tú. De momento, cada día, desayuno un vaso de leche.
lunes, 8 de junio de 2015
A los que pierden
A los que pierden ( El Periódico de Aragón - 06/06/2015 )
Tuve una infancia vacía de victorias. Mi padre jamás me dejó ganar si jugábamos a algún juego de mesa. Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, mi madre se cabreaba con él porque jugaba al parchís como si se hubiera apostado la vida y no cedía a facilitarnos que le comiéramos de vez en cuando alguna ficha. Él pensaba que si ganábamos, tenía que ser por nuestro empeño y suerte y no por el fallo intencionado de los demás parra darnos el triunfo. Como si la gloria se pudiera ceder como quien cede el asiento en el autobús. Nunca supe a qué sabía ganar así que aprendí a vivir con la frustración de no conseguir siempre lo que se quiere. Yo todavía pertenezco a una generación que creció sin aire acondicionado en los viajes infinitos en coche, sin suelo blando en los parques y sin trofeos para todos los participantes. Creo que la única medalla de una competición que tengo la conseguí por cambiársela a un niño por un taco de cromos repetidos. Me asusta cuando algo me sale bien porque me pilla con el cuerpo desacostumbrado al éxito. A la explosión controlada del éxito que se puede tener si te eligen para un puesto de trabajo, sale un proyecto que te entusiasma o te felicitan por algo que has hecho. Conquistas pequeñas que te proporcionan tanta alegría que te da miedo. Como si pensaras que el equilibrio cósmico no permite que el júbilo dure por mucho tiempo y cuando lo tocas, alguna tragedia te está acechando en la próxima partida. Imagino que no ser una privilegiada también es esto. Sé que es diferente acumular derrotas a saber deambular por ellas. Desde aquí mando un saludo cariñoso para todos los coaches y expertos en modelarte para que asumas las claves del éxito. Lo más útil que se puede hacer con sus lecciones es fabricarse un cepillo de púas gruesas con el que rascarse la espalda. Al otro lado están los discursos de aceptar el fracaso que huelen a fritanga con el aceite recalentado. Creo que el esfuerzo no está tanto en conseguir triunfar ni aprender del error como en ser consciente que es mucho más habitual que la vida no te coloque permanentemente subida al podio en todo. Y hay gente que no ha aprendido que hay mundo más allá de salirse siempre con la suya. Mira a Esperanza Aguirre. Los resultados de las elecciones le han dejado el gesto mucho más torcido que el que le viene dado de serie. A Aguirre se le ha quedado la cara de la niña a la que han elegido la última para formar equipo en los juegos del colegio. Y no ha podido llevarse la pelota con el argumento de que era suya. Como su costumbre es ajena a la mortalidad de perder, se ha enfadado con el tablero. Ese es el problema de cómo ha ejercido el poder, pensando que nunca podría perderlo. Educar en la conquista permanente hace que gestiones el éxito como si fuera un club privado. Tu espacio y el de los tuyos. Por eso te embruteces cuando el espejo no te dice que eres la más guapa. Es un no, es para ti, ponte cómoda. Gracias, papá, por no dejarme ganar nunca.
Tuve una infancia vacía de victorias. Mi padre jamás me dejó ganar si jugábamos a algún juego de mesa. Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, mi madre se cabreaba con él porque jugaba al parchís como si se hubiera apostado la vida y no cedía a facilitarnos que le comiéramos de vez en cuando alguna ficha. Él pensaba que si ganábamos, tenía que ser por nuestro empeño y suerte y no por el fallo intencionado de los demás parra darnos el triunfo. Como si la gloria se pudiera ceder como quien cede el asiento en el autobús. Nunca supe a qué sabía ganar así que aprendí a vivir con la frustración de no conseguir siempre lo que se quiere. Yo todavía pertenezco a una generación que creció sin aire acondicionado en los viajes infinitos en coche, sin suelo blando en los parques y sin trofeos para todos los participantes. Creo que la única medalla de una competición que tengo la conseguí por cambiársela a un niño por un taco de cromos repetidos. Me asusta cuando algo me sale bien porque me pilla con el cuerpo desacostumbrado al éxito. A la explosión controlada del éxito que se puede tener si te eligen para un puesto de trabajo, sale un proyecto que te entusiasma o te felicitan por algo que has hecho. Conquistas pequeñas que te proporcionan tanta alegría que te da miedo. Como si pensaras que el equilibrio cósmico no permite que el júbilo dure por mucho tiempo y cuando lo tocas, alguna tragedia te está acechando en la próxima partida. Imagino que no ser una privilegiada también es esto. Sé que es diferente acumular derrotas a saber deambular por ellas. Desde aquí mando un saludo cariñoso para todos los coaches y expertos en modelarte para que asumas las claves del éxito. Lo más útil que se puede hacer con sus lecciones es fabricarse un cepillo de púas gruesas con el que rascarse la espalda. Al otro lado están los discursos de aceptar el fracaso que huelen a fritanga con el aceite recalentado. Creo que el esfuerzo no está tanto en conseguir triunfar ni aprender del error como en ser consciente que es mucho más habitual que la vida no te coloque permanentemente subida al podio en todo. Y hay gente que no ha aprendido que hay mundo más allá de salirse siempre con la suya. Mira a Esperanza Aguirre. Los resultados de las elecciones le han dejado el gesto mucho más torcido que el que le viene dado de serie. A Aguirre se le ha quedado la cara de la niña a la que han elegido la última para formar equipo en los juegos del colegio. Y no ha podido llevarse la pelota con el argumento de que era suya. Como su costumbre es ajena a la mortalidad de perder, se ha enfadado con el tablero. Ese es el problema de cómo ha ejercido el poder, pensando que nunca podría perderlo. Educar en la conquista permanente hace que gestiones el éxito como si fuera un club privado. Tu espacio y el de los tuyos. Por eso te embruteces cuando el espejo no te dice que eres la más guapa. Es un no, es para ti, ponte cómoda. Gracias, papá, por no dejarme ganar nunca.
lunes, 25 de mayo de 2015
La espera
La espera ( El Periódico de Aragón - 23/05/2015 )
Estoy tumbada en la camilla. Desnuda de cintura para abajo. Últimamente no hago otra cosa que desnudarme de cintura para abajo. El gel frío en el vientre y la máquina que enseña mis entrañas en una pantalla. La persona de la bata blanca aprieta el aparato contra mi abdomen y mira su monitor sin decir nada. Intentas averiguar algo a través de sus muecas pero no lo consigues. Te envuelve la necesidad de que te diga que todo está bien pero sientes los nervios como si te atravesara un rayo. O mejor dicho, como si tu propio cuerpo fuera un rayo eléctrico. En mitad del temblor quieres que tu cabeza se aleje de esta tormenta inquieta para que no te queme la piel. Piensas en el resultado de las elecciones y en que te importa menos y al mismo tiempo te importa todo. El futuro es una palabra que ahora la escribes con más intensidad. Como si los trazos de cada letra se imprimieran con tus células. Yo pensaba en política en el mismo instante en que noté un movimiento que venía desde el útero. Es la vida que empuja desde dentro. Todavía la puedo proteger guardándola en mi interior y pienso si no sería capaz de hacer cualquier cosa para llevarla siempre conmigo. Incluso meterla en una maleta. Lo más cerca que he estado de viajar ilegalmente ha sido cuando mi abuela me hacía decir que tenía menos años de los que tenía al entrar en el autobús. Me siento frívola al relacionar unas cosas con otras. Pienso que soy una afortunada y pese a todo sigo tiritando de frío por nada muchas veces. No tener derecho a quejarte. Estar bien dentro de lo que cabe. ¿De lo que cabe dónde? A mí ahora me cabe mucho más que antes y sin embargo estoy menos vacía. Lo que tengo dentro es una vida del tamaño de una berenjena y también miedo. El miedo no sé cuánto ocupa. Los miedos que he tenido a lo largo de los años se han colocado en fila para construir mi historia. Y al mirarlos ahora no reconozco ninguno con el que comparar el que siento en este momento. Es el miedo desconocido de lo que vendrá. Y no tengo la respuesta al cómo hacer. Imagino que de eso se trata, de irlo descubriendo. Las hormonas se apelotonan en los lagrimales y tengo que cambiar de tema. ¿Hasta dónde me van a crecer las tetas? Yo no tenía esta pelusilla en la tripa. Con lo fácil que sería poner un huevo. Tengo tanta ilusión que se me han ensanchado las caderas para poder hacerle espacio. La espera a mí me sabe a pepinillos rellenos de atún y a helado. El dolor de cabeza y de piernas. Conseguir tener conversaciones más allá de esto cuando esto ha colonizado todo tu organismo. Yo pensaba que seguía siendo la misma hasta que me fui a sentar en el suelo y comprobé cómo todo era ya distinto. Soy otra. Cojo la mano que me sostiene para recordarme que hay más cuerpos aparte del mío. Se siente desde diferentes ángulos. Observa cómo se mueve. Escucha el latido. Esa es la mirada que estaba buscando, la de todo irá bien. Tu sonrisa. Es una niña.
Estoy tumbada en la camilla. Desnuda de cintura para abajo. Últimamente no hago otra cosa que desnudarme de cintura para abajo. El gel frío en el vientre y la máquina que enseña mis entrañas en una pantalla. La persona de la bata blanca aprieta el aparato contra mi abdomen y mira su monitor sin decir nada. Intentas averiguar algo a través de sus muecas pero no lo consigues. Te envuelve la necesidad de que te diga que todo está bien pero sientes los nervios como si te atravesara un rayo. O mejor dicho, como si tu propio cuerpo fuera un rayo eléctrico. En mitad del temblor quieres que tu cabeza se aleje de esta tormenta inquieta para que no te queme la piel. Piensas en el resultado de las elecciones y en que te importa menos y al mismo tiempo te importa todo. El futuro es una palabra que ahora la escribes con más intensidad. Como si los trazos de cada letra se imprimieran con tus células. Yo pensaba en política en el mismo instante en que noté un movimiento que venía desde el útero. Es la vida que empuja desde dentro. Todavía la puedo proteger guardándola en mi interior y pienso si no sería capaz de hacer cualquier cosa para llevarla siempre conmigo. Incluso meterla en una maleta. Lo más cerca que he estado de viajar ilegalmente ha sido cuando mi abuela me hacía decir que tenía menos años de los que tenía al entrar en el autobús. Me siento frívola al relacionar unas cosas con otras. Pienso que soy una afortunada y pese a todo sigo tiritando de frío por nada muchas veces. No tener derecho a quejarte. Estar bien dentro de lo que cabe. ¿De lo que cabe dónde? A mí ahora me cabe mucho más que antes y sin embargo estoy menos vacía. Lo que tengo dentro es una vida del tamaño de una berenjena y también miedo. El miedo no sé cuánto ocupa. Los miedos que he tenido a lo largo de los años se han colocado en fila para construir mi historia. Y al mirarlos ahora no reconozco ninguno con el que comparar el que siento en este momento. Es el miedo desconocido de lo que vendrá. Y no tengo la respuesta al cómo hacer. Imagino que de eso se trata, de irlo descubriendo. Las hormonas se apelotonan en los lagrimales y tengo que cambiar de tema. ¿Hasta dónde me van a crecer las tetas? Yo no tenía esta pelusilla en la tripa. Con lo fácil que sería poner un huevo. Tengo tanta ilusión que se me han ensanchado las caderas para poder hacerle espacio. La espera a mí me sabe a pepinillos rellenos de atún y a helado. El dolor de cabeza y de piernas. Conseguir tener conversaciones más allá de esto cuando esto ha colonizado todo tu organismo. Yo pensaba que seguía siendo la misma hasta que me fui a sentar en el suelo y comprobé cómo todo era ya distinto. Soy otra. Cojo la mano que me sostiene para recordarme que hay más cuerpos aparte del mío. Se siente desde diferentes ángulos. Observa cómo se mueve. Escucha el latido. Esa es la mirada que estaba buscando, la de todo irá bien. Tu sonrisa. Es una niña.
Lo malo que nos pasa
Lo malo que nos pasa ( El Periódico de Aragón - 09/05/2015 )
Puede que en estos momentos esté cayendo sobre nosotros la nave rusa que se acercaba sin control a la Tierra. Dejo escrito este artículo el jueves y se lee el sábado. Hay dos días de espacio temporal en el que coloco mis palabras como un chicle pegado debajo del pupitre sin saber si seguirán ahí cuando vaya a por ellas o habrán sido destruidas por los restos de titanio y acero inoxidable de un transbordador espacial. Qué imagen tan poética, la de unas palabras destruidas por la fuerza descontrolada de unos fragmentos cósmicos. "Lo malo que nos pasa es por salir de casa", dice Francisco Nixon en su último disco. Pero a veces lo malo se construye una casa y se queda a vivir en nuestros adentros. Cuando alguien me dice que la procesión se lleva por dentro me imagino que su cuerpo se ha tragado una procesión entera con sus mantillas, capirotes y su santo cargado sobre los hombros. Yo ahora, por ejemplo, tengo dentro una terraza en verano, una delegación de Hacienda, la fila de un supermercado en hora punta y la primera línea de playa en agosto. Todo esto serían versiones laicas de llevar en el interior una procesión.
En estos momentos tengo más espacio en el cuerpo, tanto que incluso me han cedido el asiento en el tranvía, así que también me cabe la sala de espera de las urgencias en un hospital público. Lo tengo todo en compartimentos, para que no se mezcle. Cuando se altera tu centro de equilibro, se te recoloca la vida en cada centímetro cuadrado de tu piel. Es tu particular cambio de armarios. Andas diferente porque lo que te mueve es distinto. La gravedad te sujeta los pasos aunque las piernas sientan más el peso. Y luego está lo grave, que imagino que será cuando el desequilibrio te altera tanto que ya no encuentras tu eje ni eres capaz de controlar tus movimientos. El Partido Aragonés ha hecho público el código ético de su candidatura al Ayuntamiento de Zaragoza en el que describen "los valores y principios que cumplen y se comprometen a cumplir en el ejercicio de la política" y que al mismo tiempo "son las razones por las que están en ella". Qué bonito, piensas, hasta que lo lees. Lo que para ellos es ético en el ejercicio de la política es emocionarse al escuchar una jota, ver Aragón Televisión y alegrarse por las victorias del deporte zaragozano. Si intentamos imaginarlo como chiste, no nos queda tan gracioso. La alergia primaveral está siendo mucho más intensa en esta primavera, será por las elecciones que nos alteran el cuerpo y las conversaciones. Estamos más agitados y torpes. Europa avala que las personas homosexuales no puedan donar sangre. Ahora también me he metido a Bruselas entre pecho y espalda y me está dando ardores. La idiotez nos asalta. Y la declaración de la renta también. Más inversión en ciencia y menos encuestas de intención de voto. Y nos esperan los debates. Sólo nos queda confiar en la que la nave rusa haya caído en algo de lo malo que nos pasa.
Puede que en estos momentos esté cayendo sobre nosotros la nave rusa que se acercaba sin control a la Tierra. Dejo escrito este artículo el jueves y se lee el sábado. Hay dos días de espacio temporal en el que coloco mis palabras como un chicle pegado debajo del pupitre sin saber si seguirán ahí cuando vaya a por ellas o habrán sido destruidas por los restos de titanio y acero inoxidable de un transbordador espacial. Qué imagen tan poética, la de unas palabras destruidas por la fuerza descontrolada de unos fragmentos cósmicos. "Lo malo que nos pasa es por salir de casa", dice Francisco Nixon en su último disco. Pero a veces lo malo se construye una casa y se queda a vivir en nuestros adentros. Cuando alguien me dice que la procesión se lleva por dentro me imagino que su cuerpo se ha tragado una procesión entera con sus mantillas, capirotes y su santo cargado sobre los hombros. Yo ahora, por ejemplo, tengo dentro una terraza en verano, una delegación de Hacienda, la fila de un supermercado en hora punta y la primera línea de playa en agosto. Todo esto serían versiones laicas de llevar en el interior una procesión.
En estos momentos tengo más espacio en el cuerpo, tanto que incluso me han cedido el asiento en el tranvía, así que también me cabe la sala de espera de las urgencias en un hospital público. Lo tengo todo en compartimentos, para que no se mezcle. Cuando se altera tu centro de equilibro, se te recoloca la vida en cada centímetro cuadrado de tu piel. Es tu particular cambio de armarios. Andas diferente porque lo que te mueve es distinto. La gravedad te sujeta los pasos aunque las piernas sientan más el peso. Y luego está lo grave, que imagino que será cuando el desequilibrio te altera tanto que ya no encuentras tu eje ni eres capaz de controlar tus movimientos. El Partido Aragonés ha hecho público el código ético de su candidatura al Ayuntamiento de Zaragoza en el que describen "los valores y principios que cumplen y se comprometen a cumplir en el ejercicio de la política" y que al mismo tiempo "son las razones por las que están en ella". Qué bonito, piensas, hasta que lo lees. Lo que para ellos es ético en el ejercicio de la política es emocionarse al escuchar una jota, ver Aragón Televisión y alegrarse por las victorias del deporte zaragozano. Si intentamos imaginarlo como chiste, no nos queda tan gracioso. La alergia primaveral está siendo mucho más intensa en esta primavera, será por las elecciones que nos alteran el cuerpo y las conversaciones. Estamos más agitados y torpes. Europa avala que las personas homosexuales no puedan donar sangre. Ahora también me he metido a Bruselas entre pecho y espalda y me está dando ardores. La idiotez nos asalta. Y la declaración de la renta también. Más inversión en ciencia y menos encuestas de intención de voto. Y nos esperan los debates. Sólo nos queda confiar en la que la nave rusa haya caído en algo de lo malo que nos pasa.
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