martes, 17 de abril de 2012

El optimismo es un invento capitalista


Son tiempos aciagos en los que parece que el hecho de levantarse cada mañana de buen humor es ya un gesto heroico. Es verdad que si perdemos la guerra del humor frente a las excusas para no reírse, habremos convertido el mundo en un lugar invivible. Yo necesito la risa como catarsis. Utilizo la ironía, el sarcasmo o incluso el escarnio para reírme con saña de los impulsores de este cataclismo económico y social al que nos han arrastrado. La risa es como la junta de accionistas de los pobres. Por eso me parece perversa la manipulación que el neoliberalismo ha hecho del positivismo. Es utilizado como conductor de sus dogmas y actúa como armador del consentimiento de la ciudadanía para que el sistema pueda mantener las desigualdades e injusticias. Bajo los prelados optimistas, perder el trabajo o tener una enfermedad, pueden ser vistas como espolón al cambio más esperanzador. La sibilina violencia simbólica a la que aludía Pierre Bourdieu, supone una invisible dominación. Las palabras no son neutras.
SE NOS HACE VER que cualquier problema es una oportunidad de superación personal. Te sumerges en la negación de la realidad y te sometes con alegría a los contratiempos. El mensaje fuerza es que la actitud positiva favorecerá hechos positivos. Una persona puede conseguir todo si de verdad se lo propone. En esa relación de causa efecto entre deseo y realidad es donde pensamiento positivo y capitalismo se funden. La perversión de este discurso optimista radica en que se sustenta con la premisa de la responsabilidad individual. Los no afectados por la alergia de la alegría, son merecedores de las tragedias. Si el éxito depende exclusivamente de la actitud propia, no hay excusa para el fracaso. Desde ese prisma se mata la capacidad de empatía o la solidaridad. La caridad sí que cabe. Como expresa Slavoj Žižek , hay un tipo de misantropía que es mucho mejor como actitud social que un optimismo caritativo barato, que es aquel que intenta solucionar el problema de la pobreza tratando de mantener vivos a los pobres. Remedios que son parte de la enfermedad. El pensamiento positivo actúa como argamasa de control, perpetúa el inmovilismo y no alienta a la transformación social.
Simplemente edulcora la realidad para que la podamos digerir. Esto explica el éxito del entretenimiento más banal. Con una realidad cada vez más dura, buscamos esos ratos en los que la seducción del positivismo espectacularizado nos atrape y nos aleje por un momento de nuestros problemas. Al conformismo, pensar no le hace bien.
ESO ES lo que puede temer el neoliberalismo. Que pensemos. Que cambiemos el optimismo lacayo del sistema por un pensamiento crítico con voluntad transformadora. Que reivindiquemos el derecho a la tristeza y al cabreo y que lo canalicemos para desactivar la alienación. Ser incómodos es mucho más que no hacer nada.
La vida no es eso que nos pasa al lado sino a través de nosotros. Y cuando ensucia tanto las cosas, no hay que reírle las gracias.

lunes, 2 de abril de 2012

Palabra de PIB y amén


Decía Ramón (Gómez de la Serna) en una de sus Greguerías que "los números son los mejores equilibristas del mundo: se suben unos encima de otros y no se caen". Estos funambulistas son el aliento del sistema capitalista, que amontona cifras con el mismo afán infinito de los propios números. El problema lo tenemos las personas, que nos encontramos debajo de ellos con el riesgo de morir aplastadas.
Son números, sólo números lo que interesa a nuestro sistema económico. La impostura de los datos se aguanta cuando no se rasca lo que esconden debajo. Un país con más de cinco millones de personas en situación de desempleo debería ser incompatible con los casi dos mil euros de sueldo mensual que las cifras dicen que nos corresponden por cabeza. Medias artificiales que falsean las desigualdades. Números vergonzantes que acumulan lo que a los otros les falta.
No es de extrañar que el principal indicador del desarrollo de los países sea el PIB, Producto Interior Bruto, que expresa el valor monetario de la producción de bienes y servicios de un estado durante un periodo de tiempo. Es uno de los indicadores por antonomasia de la ciencia económica pero el PIB no hace mejores a las sociedades. Vincula la producción de un país con la riqueza y deja al margen otros indicadores que pudieran hablar del desarrollo de la sociedad. Porque una cosa es organizar las políticas económicas para que los niveles de vida aumenten y otra muy distinta es subordinar todos los valores de la sociedad a la búsqueda de ganancias.
BUTÁN, como reza la Wikipedia, es un pequeño país de algo más de setecientos mil habitantes que se encuentra en el tramo oriental de la cordillera del Himalaya, entre India y China. Para el Banco Mundial y con el indicador del Producto Interior Bruto, este reino budista es uno de los países más pobres del mundo. Para compensar las críticas por su pobreza endémica, el rey de Bután propuso en 1972 elaborar un índice de Felicidad Nacional Bruta. Los cuatro pilares de de este índice FNB serían: el establecimiento de un buen gobierno, la preservación y promoción de la cultura, la conservación del medio ambiente y la promoción del desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario. En julio del año pasado, a instancias de Bután, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución, no vinculante, para invitar a los países a adoptar medidas para que la felicidad y el bienestar se convirtieran en indicadores que orientaran las políticas públicas.
El desarrollo de un país no podrá ser si antes que económico no es humano. El capitalismo global plantea muchas amenazas directas a la felicidad. Está debilitando la confianza social y la estabilidad mental. La Organización Mundial de la Salud alerta de que la depresión, que en España ya alcanza al más del 15% de la población, será en el 2020 una de las principales enfermedades en el mundo. Sin confianza ni estabilidad, se tambalea la espiral de acopio de números. Por su propio beneficio, quizá los mercados miren a las personas que se están revolviendo por debajo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Por un futuro en Primera División

Por un futuro de primera división ( El Periódico de Aragón - 17/03/2012 )


El Real Zaragoza es el equipo colista de la liga y con toda probabilidad, jugará en Segunda División la temporada que viene. La afición zaragocista alza la voz contra el Presidente de la entidad, Agapito Iglesias, al que consideran culpable de la situación del equipo, tanto a nivel deportivo como económico. Un abismo derivado en parte de la mala gestión y de la desatención hacia la cantera, necesaria para construir un equipo fuerte.
Desgraciadamente las "agapitadas" trascienden de los escenarios puramente futbolísticos. Hace unos días en este mismo periódico, se ofrecía un análisis sobre los presupuestos destinados a cultura por parte de los gobiernos de las distintas comunidades autónomas y que reflejaba que nuestra comunidad se encuentra como el Real Zaragoza, siendo colista y en grave riesgo de entrar en la segunda división.
Los presupuestos de las Direcciones Generales de Cultura y de Patrimonio suman en porcentaje sólo un 0,46 % del Presupuesto total del Gobierno de Aragón, con un gasto por habitante de 18, 41 euros. El presupuesto destinado a cultura se ha recortado más de un 40% con respecto a 2011 que se suma al 30 % recortado en 2010 que a su vez supuso un recorte del 25% sobre el 2009. Parece que lo que queda se mantiene para poder justificar Direcciones Generales y Jefaturas de Servicio aunque sea con escasos contenidos.
La cultura se dibuja como un bien accesorio. Las lógicas neoliberales son propensas en ver como dispendio la atención a derechos básicos de la ciudadanía. Por eso sorprende que sin embargo no escandalice que una empresa privada, Dorna Sport, vaya a recibir hasta 2016 casi 49,7 millones de euros (libres de impuestos) por parte de la sociedad pública Motorland para la organización de siete pruebas del Campeonato del Mundo de Moto GP. Sólo una carrera ya supone casi lo mismo que el presupuesto para el año 2012 de la Dirección General de Cultura. El despropósito se argumenta desde las justificaciones más vacuas. Es bueno el desembolso de tales cantidades porque repercutirán muy positivamente en la economía de la comunidad. La supuesta bonhomía es cuestión de fe, no de análisis económico profundo.
Ni siquiera el aporte económico de la cultura y su generación de puestos de trabajo sirven para encajarla en los discursos dominantes cuando la intención de destrucción va más allá que cualquier rédito que pueda tener la acción cultural. No se puede construir nada con la destrucción permanente. El peso más importante de la cultura es su poso, su capacidad de articular espíritu crítico. Provocar la inanición cultural puede ser una artimaña para tener una ciudadanía anestesiada en un terrible páramo sin objetores de conciencia. No se puede construir una sociedad libre si se pierde la capacidad de reacción ante las decisiones del poder.
No se puede permitir que el Agapito de turno vilipendie a la cantera cultural y una mala gestión deje un equipo de segunda. Lo que está en juego es nuestro futuro, ¿queremos que no sea de primera división?

Entrevista para Mov´s




Las gentes de http://www.mov-s.org/ me hicieron esta entrevista para aportar algunas ideas de cara al encuentro. Red, roce y rasmia fueron mis grandes aportaciones. 


Como se describe en su web, "MOV-S 2012 es un proceso de trabajo colaborativo que culminará en un encuentro iberoamericano de profesionales, colectivos y organizaciones vinculados a la danza, las artes del movimiento y la creación contemporánea que tendrá lugar en Cádiz del 14 al 17 de junio de 2012."


Gracias al equipo por contar conmigo. 

lunes, 5 de marzo de 2012

La desigualdad tiene nombre de mujer


La desigualdad tiene nombre de mujer ( El Periódico de Aragón - 03/03/2012 )


María Moliner fue una filóloga, lexicógrafa y bibliotecónoma aragonesa que vivió de 1900 a 1981. Su principal trabajo fue el Diccionario de Uso del Español. El franquismo la condenó al ostracismo y ella aprovechó el exilio interior para cuidar de sus hijos y elaborar su genial obra. Se le conoce como "académica sin sillón" porque nunca llegó a entrar en la Real Academia Española. Ella creía que quizá no tuviera méritos suficientes para serlo pero reconocía que si su diccionario hubiera sido elaborado por un hombre, a ella misma le extrañaría que ese hombre no fuera académico.
El gravamen de ser mujer de María Moliner no nos queda tan lejos cuando el actual ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, afirma en un libro que "la incorporación de la mujer al trabajo incide negativamente en la familia". Mujeres culpables de la pérdida de valores por querer asumir un papel profesional al margen de los de madre y esposa amantísima. Sin embargo, se intenta otorgar carácter ejemplar al sacrificio de una mujer, Soraya Sáenz de Santamaría, quien vuelve al trabajo solo diez días después de haber dado a luz a su hijo. Sorprende que la vulneración de los derechos ciudadanos para la conciliación familiar y laboral pueda ser motivo de aplauso.
Curiosamente, el próximo día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se aprueba una Reforma Laboral que siendo dañina para la globalidad de los trabajadores, incide negativamente en los derechos de las mujeres.
La situación de partida no es equitativa. Según la Encuesta Anual de Estructura Salarial, las mujeres cobran un 22 por ciento menos que los hombres por el mismo trabajo y además, el número de mujeres que ocupa puestos de decisión de las grandes empresas es poco más de un 10 por ciento del total. A esta discriminación laboral injusta se suman algunas medidas que atacarán especialmente a las mujeres.
Con la nueva Reforma Laboral se suprimen los incentivos existentes para los contratos de reincorporación de las mujeres tras el permiso por maternidad. La flexibilidad que se le otorga al empresario es inflexible con la conciliación familiar ya que será él el que disponga de los horarios de lactancia o cuidado de hijos e incluso se avala el que la baja maternal pueda ser considerada absentismo laboral, motivo de despido procedente. El embarazo como factor de riesgo que haga peligrar el puesto de trabajo. Quizá también se consiga que todavía se amplíe la brecha salarial ya existente porque sean más precarios los contratos a tiempo parcial que mayoritariamente son utilizados por mujeres. Se menosprecia la negociación colectiva y sin ella, no se podrán articular los planes de igualdad en los convenios.
La Reforma Laboral supone un atropello a los derechos laborales y un claro retroceso en los avances que, aunque insuficientes, trataban de paliar las desigualdades entre hombres y mujeres. Parece que no estamos en tiempos tan distintos a los de María Moliner en los que las mujeres, por el hecho de serlo, tienen mayores dificultades en el desempeño de su actividad profesional. Conseguir la igualdad efectiva no es una cuestión de género, es higiene democrática.

domingo, 19 de febrero de 2012

Sin gestos, sobra todo lo demás


Artículo publicado en El periódico de Aragón el 18 de febrero de 2012 
Vivimos una constante ceremonia de la confusión en la que la política no deja de ser un incesante baile de máscaras al que le sobra impostura y le faltan gestos. El espectáculo sale de los escenarios para ocupar la totalidad de los asuntos públicos. La credibilidad se pierde en la parafernalia con la que se trata de convencer al respetable.
Porque es muy difícil creerse las bondades de una reforma laboral que un micrófono indiscreto nos reveló que sería merecedora de una huelga general. Es complicado ver más allá de un artificio en la puesta en escena de la Secretaria General del Partido Popular, Maria Dolores de Cospedal que, esta vez sin el atrezzo del pañuelo palestino al cuello, proclama que su partido es el de los trabajadores. Se percibe gastada la escenografía de unos sindicatos incapaces de influir con contundencia en la toma de decisiones políticas. Y el líder de la oposición fuerza la voz para que se le oiga lo que tiene que decir y no decía cuando ostentaba uno de los personajes principales en el Gobierno que dejó de ser.
Faltan gestos, guiños al público que den verdad a la representación. No se está haciendo política, se está ejerciendo una política violenta como arma de destrucción masiva de los derechos de la ciudadanía. Se permite que algunos hospitales abran la veda para saltarse las listas de espera previo pago. Da la sensación de que las medidas en educación o justicia irán por la misma línea, la de abonar la entrada, impuestos aparte. Los desahucios siguen sumando exilios forzosos, las listas del paro aumentan y los cada vez más acuciados recortes sociales no ayudan a que parezca que las decisiones van dirigidas a resolver las dificultades económicas.
Lo que parece es que estamos en un sistema más preocupado de garantizar su estatus de permanencia que en buscar salidas. Será que los vericuetos del neoliberalismo esconden las puertas de emergencia. Quizá para que triunfe el mal basta con no hacer nada. Por eso no sorprende que lo único que ha desatado la ira de los responsables políticos sea la mofa que unos muñecos de látex han hecho en un programa de la televisión francesa. Recursos dramáticos. Y la excusa perfecta para aparentar que se hace algo. La pantomima que les vista como justicieros defensores de la verdad.
Pero las acrobacias no son suficientes para dotar de autenticidad al guión de la estrategia política. El miedo a males mayores quizá haya atenazado la conciencia crítica pero las cicatrices en la realidad cada vez son más profundas y escuecen en la cotidianeidad de las personas. Si las palabras no se acompañan de gestos que velen por la protección real de la ciudadanía, no valen nada. Sin guiños que ofrezcan certezas de que alguna medida es beneficiosa para la sociedad, no se generan más que escépticos desafectos con un sistema por el que se pueden sentir ninguneados. Quizá esto no importe cuando la función puede continuar pero la farsa necesita de un público que aplauda. Ese es el verdadero drama del espectáculo, que cuando suena demasiado falso, el público se revuelve en sus butacas y empieza a molestar.

domingo, 5 de febrero de 2012

No es casualidad, es ideología.


Artículo del día 4 de febrero de 2012 en El Periódico de Aragón 
Hace unos días veíamos que algunos estudiantes de la Comunidad Valenciana --algo que también ha sucedido en otras comunidades autónomas-- iban a clase con mantas. La falta de liquidez del gobierno autonómico dejaba a los centros sin recursos para hacer frente a gastos tan elementales como la calefacción. Esta triste realidad nos dejaba una poderosa metáfora: el sistema educativo público se congela, está muriendo de frío.
Una de las primeras declaraciones de Dolores Serrat, Consejera de Educación, Universidad, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, ante la Comisión de Educación fue que en este ámbito no va a poder haber "de todo, para todos y gratis". Seis palabras para definir con contundencia la acción de su departamento; habrá que limitar los años de escolarización obligatoria, no se podrá acceder en condiciones de igualdad (habrá quien pueda y quien no asumir el coste), y se impondrán nuevas fórmulas como privatizaciones o repago. Perdón, el discurso dominante cae en la demagogia de llamarle copago. Llámenme ilusa pero yo pensaba que teníamos un sistema en el que con la recaudación de impuestos se sufragaba los servicios públicos básicos, con lo que establecer fórmulas de copago es en realidad pagar dos veces.
El fondo de este discurso neoliberal no es exclusivo de Aragón. La necesidad de implantar medidas que frenen la inversión en educación se ha extendido como una mancha de aceite a lo largo y ancho del país. Eliminación de profesores de apoyo, disminución de las becas de comedor, aumento de estudiantes por aula, reducción de la contratación de interinos o la no convocatoria de oposiciones.
También la paralización de infraestructuras educativas o del equipamiento de los centros. Ajustes en los sueldos del profesorado, la no sustitución de las bajas de los docentes, la suspensión de programas de formación permanente. Recortes en las ayudas de transporte, reducción de las clases de refuerzo o directamente su eliminación. Restricción de servicios de limpieza o fotocopias. No encender la calefacción. Incluso limitar la utilización del papel higiénico. Cartilla de racionamiento para ir al baño.
En algunos casos, parece que esta línea de los responsables educativos basada en el recorte no afecta tanto a los centros concertados, que en algunas comunidades hasta han aumentado sus presupuestos. No es casualidad, es ideología. Por eso se hace necesario articular un discurso del descrédito hacia el sistema de enseñanza pública. Ahora los responsables políticos están haciendo acopio de todos los informes PISA que en el mundo se han hecho, y en lugar de avergonzarse por no asumir la responsabilidad de no haber articulado un sistema al margen de partidos, se utilizan los datos para desprestigiar la educación pública. No se está hablando de un pacto por la educación para mejorar el sistema sino de dejarle morir de inanición. Así que cuando digan que urge reformular el sistema educativo para hacerlo más eficiente, ustedes simplemente lean que se trata de una coartada para ir eliminando la educación pública, lo entenderán mucho mejor.

miércoles, 4 de enero de 2012

En defensa de la cultura, ¿está el enemigo? Que se ponga.


Arguyo la conocida frase de Gila como preguntando acerca del enemigo que parece está haciendo que la cultura se tenga que defender. Si esto es así, ¿quién es el enemigo que ataca a la cultura ? O mirando desde otro prisma, si la cultura tiene que defenderse ¿de qué se le estaba acusando?

Planteo estas palabras no como juicio final ni cómo resolución de guerra, sino más bien como ejercicio de remezcla que me sirva para ordenar algunas notas y al mismo tiempo me siga desordenando cuestiones. De eso se trata, de dudar siempre.

            En los últimos tiempos, los efectos derivados de la crisis económica han provocado cierta preocupación lógica entre las gentes que nos dedicamos a la cultura. Igual que en otros sectores, los problemas económicos han ocasionado pérdidas de empleo, cierre de empresas, espacios o proyectos, dificultades económicas y las consiguientes pequeñas tragedias personales que hay


detrás de cada número. Ante esta situación, muchas han sido las voces que han salido a defender un espacio para lo cultural. La defensa de la inversión en cultura, llamada también gasto, (la ideología es en una parte hacer y en otra la denominación del hecho, las palabras no son neutras), hiere sensibilidades porque se compara a otros sectores que en la jerarquía de prioridades, se consideran más importantes. Que los recortes obliguen a cerrar un museo se supone un sacrificio soportable en comparación a un mal mayor como cerrar un hospital.

Como escribe Vicente Verdú en su artículo La cultura del atardecer[1],“Baudelaire llamaba al arte "los domingos de la vida" y en la intensidad de esta crisis no queda jornada alguna en la que se pueda holgazanear. El arte y los libros y el teatro y el cine y el circo nos embelesan a la manera de un rebozo que siendo humano ("fieramente humano") nos blinda, aún ocasionalmente, del mal. (…) Todas sus aportaciones son necesarias también para no dejar el espíritu en los huesos pero, puestos a salvar vidas, el estómago y el techo son lo primero”.

                        Hemos caído en la trampa perversa del neoliberalismo, a la propia cultura le resulta difícil hablar de su defensa sin aludir a la cosa economicista.

                Jaron Rowan ya hablaba de esto en un recomendable artículo “Cambios en la gestión pública de la cultura: de la cultura como derecho a la cultura como recurso”[2]
                        Desde otros sectores se ha acusado a la cultura de contribuir a la dilapidación de los recursos públicos, aunque con mucha frecuencia, los desmanes no se han producido tanto por la acción cultural como por otro tipo de decisiones que tenían que ver con grandes dispendios arquitectónicos. Y desde el propio sector cultural se ha caído en la trampa de defender la importancia de la cultura con su valor de mercado, según el porcentaje de PIB y puestos de trabajo que generara. Eso nos hizo creernos fuertes porque nos llamábamos Industria Cultural. Quizá un oxímoron demasiado engañoso.

             David Trueba escribía en su artículo “Jack Lang” “Parece evidente que uno de los primeros sacrificados a los pies de la crisis es el mercado cultural. Uno casi se alegra, porque ese oxímoron resultaba a veces ofensivo. (…) lo cultural tratado como mercado estaba condenado al fracaso”[3]. Enric González insiste en lo del oxímoron[4] “ El oxímoron más peligroso de nuestros tiempos fue creado casi como un insulto hace más de medio siglo. En los años cuarenta, Adorno y otros filósofos de la Escuela de Francfort acuñaron el oxímoron "industria cultural" para definir la mercantilización de la cultura y su uso por parte de las clases dominantes como instrumento de control sobre la sociedad. Ya ven lo que ha ocurrido. La "industria cultural" se llama a sí misma "industria cultural", y lo hace con orgullo. Dicha industria vive mayormente del fútbol, de melodías más o menos contagiosas y de Spiderman VIII, pero ojo, es "cultural". Quien copia o utiliza sin pasar por caja uno de sus productos registrados comete el peor de los delitos: contribuye a la destrucción de la cultura. Cuando alguien se baja de Internet Ángeles y demonios (allá cada cual con sus vicios), las artes, las letras y el pensamiento entran en crisis. Se lo ruego: cada vez que lean o escuchen la expresión "industria cultural", sustitúyanla mentalmente por "negocio". Lo entenderán todo mucho mejor. “

            Si la cultura cae en la trampa de defenderse por el peso económico de la industria cultural comete el error de competir en las lógicas de un sistema capitalista que al mismo tiempo le repudia en parte por no someterse siempre a los estándares de rentabilidad, eficacia, eficiencia, etc.  Por higiene mental, conviene salirse del pragmatismo absoluto donde lo que impera es el valor de mercado. No se trata de desdeñar la capacidad de la cultura para hacer negocio. Y la legitimidad de que las gentes puedan ganarse la vida haciendo cultura. Lo que creo que es necesario es que la defensa de la necesidad cultural no vaya sujeta exclusivamente a la generación de riqueza. Porque el panegírico del utilitarismo de la cultura es débil y se pone en entredicho ante la escasez. Y además, porque el carácter de servicio público de la acción cultural debe estar encima que su vocación de negocio.

“La cultura no sirve para nada, sólo nos ayuda a vivir” frase escuchada de Jordi Oliveras que en realidad proviene de Francesc Parcerisas. (ver su intervención en el Foro Indigestió 201[1][5]) y que me gusta porque creo que ayuda a reflexionar sobre el valor instrumental de la cultura. La sencillez frente a argumentaciones peregrinas.

Jose Luis Pardo ¿Una cuestión de negocio?[6]
(…) se ha producido una modificación de facto del estatuto de los bienes culturales, que, en lugar de considerarse relativamente a salvo de la lógica mercantil, tienden hoy día a evaluarse como un área de negocios como cualquier otra, es decir, por su valor económico producido en términos de resultados (¿quién no se acuerda de la patriótico-comercial exaltación del "valor económico del español"?), lo que ha envenenado la mayoría de los sectores culturales (empezando por el editorial) con su práctica reducción al marketing. Me he referido en diversas ocasiones a la manera en que esta operación ha causado un mal mayor: expropiar a los creadores de cultura de los instrumentos para evaluar autónomamente sus producciones al margen del mercado (incluido el mercado de las identidades). Y si la cultura queda reducida a negocio, no solamente se trastornan por entero las jerarquías de los valores culturales, sino que un ministerio del ramo podría no significar más que un ministerio del negocio. Dicho en menos palabras: el Ministerio de Cultura está justificado precisamente porque se parte de la suposición de que la Cultura no es un negocio ni puede gestionarse o evaluarse como negocio. Si esta suposición desaparece -y hay que reconocer que al menos no está atravesando su mejor momento-, hay que reconocer que la existencia del Ministerio de Cultura podría llegar a resultar, como mínimo, igual de perversa que su abolición. Dicho lo cual, añado que por supuesto lo que a uno ha de preocuparle, en todo caso, es la cultura, no el ministerio. Y que, puestos a suprimir alguno, yo propondría que quitasen primero el de Fomento (por lo menos hasta que se viese claro qué es lo que hay que fomentar) y el de Economía y Hacienda (al menos mientras Goldman Sachs lo tenga reducido a la trivialidad o a la ventriloquia).  Jose Luis Pardo

            De lo que  se trata es de defender un ecosistema cultural más allá de la supervivencia económica si nos creemos que la cultura es necesaria más allá del aporte al capital.

            Y si la primera trampa del neoliberalismo ha sido hacernos argumentar la defensa de la cultura por su capacidad de generación de riqueza, la segunda es hacernos creer que lo cultural no forma parte de un ecosistema común de defensa de lo público. ¿Cómo defender la cultura cuando se está desmontando la educación o la sanidad? Nos equivocamos en esta argumentación porque el enemigo no es la cultura frente a la educación o la sanidad. La defensa es común, y el enemigo está enfrente. El enemigo es un sistema que nos ha hecho creer que las reestructuraciones sólo pueden hacerse recortando derechos a la ciudadanía y encogiendo servicios públicos.

            Por eso se hace imprescindible articular la generación de un espíritu crítico que salga a la calle a defender el vapuleo de los derechos ciudadanos. Y para eso es importante la cultura.

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.”[7] (Lorca en 1931)

            Lo que cedamos hoy, dejarán de ser derechos mañana. En los últimos tiempos, el descrédito de los gobiernos ha generado una ciudadanía aséptica que ve en la política algo lejano. En realidad lo que ha pasado es que lo que se ha distanciado ha sido la política y ha sido el mercado el que ha dominado la esfera de las decisiones públicas. De lo que se trata ahora es de que la ciudadanía recupere el espacio perdido. Se trata de hacer política. Y la política exige de una conciencia crítica. Por eso al poder no le interesa hacer política. Con una ciudadanía anestesiada, la preocupación es sólo la supervivencia momentánea.

Como explicaba Juan Marsé en una reciente entrevista[8], “La cultura es lo que menos interesa a los políticos. La temen, les da miedo; por eso es lo primero que recortan, junto a la educación. Que a mí me parece más importante incluso porque qué más da que haya o no haya Ministerio de Cultura si los chavales no saben leer. Lo que les interesa es la televisión, que es una herramienta de enorme poder, y esa sí que incide en la cultura o la incultura de un país. Y aquí lo hace, en mi opinión, de forma negativa. (…) Los informativos terminan siempre con una nota que ellos llaman cultural. La gran mayoría de las veces es de un conjunto musical de esos que hacen ruido en vez de música. Supongo que eso es promoción publicitaria que pasan de matute como si fuera noticia. Raramente hablan de un libro, una exposición... El auténtico Ministerio de Cultura en este país es la televisión, en el sentido de que es lo que lleva para aquí o para allá el interés cultural de la gente. Y es un comecocos. Así que no espero nada de los políticos, ni en las autonomías ni en el Gobierno central”.
          
            Y por eso la cultura debe ser algo más que el narcótico del entretenimiento alienante contra el desasosiego de unos tiempos difíciles.

Escribe Luis Garcia Montero[9] “Dentro del horizonte social ilustrado, la cultura se identificó con el conocimiento y la educación. Los estudios realizados en los últimos años sobre esta materia indican que los europeos identificamos ya cultura con espectáculo. Y el espectáculo no se concibe como propuesta de pensamiento o belleza, sino como un modo de diversión fácil. Filósofos y tertulianos del corazón pertenecen al mismo circo. Pero los filósofos dan la lata y los tertulianos entretienen.
Como la labor intelectual es inseparable de la conciencia crítica, los poderes económicos y políticos más conservadores prefieren invertir en su desprestigio. (…)Se trata de recortes en la capacidad de pensar al margen del populismo dominante.”


            Como dice Jordi Llovet en Adiós a la Universidad, el eclipse de las Humanidades, ”Sin una ciudadanía emancipada desde el punto de vista intelectual, toda democracia tiende a la plutocracia, la burocracia o en las diferentes y más sutiles formas de totalitarismo”. Para Llovet, en la sociedad española ha dejado de ser un valor el pensamiento humanista aunque en realidad yo creo que el sistema ha ido a favor del desprestigio tanto del pensamiento humanista como del científico, ya que ambos incentivan la capacidad crítica y de reflexión de su ciudadanía. Y para el mercado son más efectivos consumidores que pensadores.  

            En la acción cultural también nos hemos dejado llevar, en cierta medida, por la lógica industrial fagocitando la generación de públicos. Asumimos que la educación juega un papel fundamental como potenciador de la necesidad cultural así que aceptamos este axioma quizá más preocupados en garantizar la supervivencia del sector cultural (formar públicos para generar nuevos consumidores de libros, teatro, música, etc.) que en argumentar la importancia de la cultura como un espacio común de trasmisión de conocimientos. La acción cultural no puede basarse en el principio pasivo de consumo cultural.

“Creo que habría que hacer un poco de autocrítica, de reflexión sobre el papel que los intelectuales están desempeñando durante estos años de tránsito. Veo con asombro que ahora se habla mucho de demanda, de oferta cultural. Y es cierto que la sociedad capitalista convierte en dinero todo lo que toca, pero también lo es que por cultura no debemos entender solamente una colección de productos culturales, porque esto sería compartir el concepto que de cultura tiene el orden establecido, y se supone que nosotros estamos trabajando en un orden distinto, en donde el poder y la cultura son de todos. La cultura no tiene dueños, no puede estar en manos de unos señores, nosotros, que nos creemos en condiciones de impartirla, de iluminar con nuestras luces a los demás” Entrevista a Eduardo Galeano en 1982 encontrada en el blog de Jose Luis Marzo[10].
            De esta necesaria generación de consumidores más que de pensadores, quizá venga que el propio mercado sea el responsable de la fiebre de la creatividad  (y no tanto de la curiosidad) como si de nuevo fuera una treta del neoliberalismo; la innovación creativa puede ser un atractivo envoltorio de un mismo modelo que se basa en el puro consumismo. Recordemos el consejo “stay hungry” (sed insaciables) que Steve Jobs proclamó a los graduados de Stanford en el 2005[11]. Quizá un empuje hacia el valor de la creatividad, quizá el lema de unos tiempos voraces.

“El arte es quien mejor lo representa puesto que ya no es que una obra valga mucho o valga poco. No vale sino de acuerdo a una estrategia que habiendo allanado la identidad de lo artístico convoca a todos los leoneses, por ejemplo, a demostrar sus talentos creativos en el MUSAC y a todos los tiburones muertos, calaveras y desechos pestilentes a conquistar precios cifrados en millones de dólares o euros o libras para producir al cabo un mercado tan opaco como circense, tan divertido como aniquilador.” Bienvenidos a un mundo sin certezas[12]. Vicente Verdú.
            La voracidad de un sistema de mercado hace que los ajustes económicos pongan la excusa perfecta para que los estados sigan recortando en la capacidad crítica de sus ciudadanos. No es que desde cultura tengamos que defender un sector que en muchos aspectos ya estaba viciado, lo que se trata de defender es la política, la ciudadanía y lo común. No es que tengamos que negociar las reglas del juego, es que hay que romper el tablero.

            Y sobre este romper el tablero y sobre esta gestión de lo común, aparece en cultura un nuevo paradigma, el del procomún. El procomún se refiere a los bienes que son de todos[13].  No pretendo entretenerme en la definición del término sino mencionarlo para sugerir las implicaciones que pueda tener como filosofía de actuación en cultura.


Cómo planteaba Amador Fernandez-Savater en un reciente artículo[14] El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet... Los bienes comunes no nos rodean. Nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. De todos y de nadie, sostienen el mundo, son el mundo. En el cuidado y enriquecimiento del procomún nos jugamos la vida misma. Es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. Nuestro desafío es hacernos cargo en común de un mundo común. (…) En provecho de todos, ¿por qué no atreverse a escuchar, pensar y explorar otras vías?”

William Ospina
Tal vez por eso suena tan mal cuando los políticos llegan con el cuento de que la cultura debe ser rentable y autosostenible, y que todo invento es propiedad privada. Con los inventos de la cultura trabaja y es rentable toda la civilización”[15].

            Para garantizar la supervivencia del sistema, es el propio sistema  el que hace invisible, cuando no menosprecia o ataca, otras formas de hacer que se salgan de los cánones que el mismo sistema ha establecido como inquebrantables. Islandia debe ser un ejemplo que escuece a los abanderados del pensamiento único. Las propuestas derivadas del movimiento 15m se prefieren ver como infantiles o utópicas antes incluso de llegar a mirarlas. No vaya a ser que tengan algo de realizable y nos obliguen a cambiar lo inalterable.

(…) Después de todo, algo se mueve y del 15-M cabe esperar cambios en el paisaje moral: sería bueno que incidieran también en el cultural. (…) La limpiadora del Museo Ostwall de Dortmund que, valiéndose de una bayeta destruyó la obra de arte Cuando los tejados comienzan a gotear, de Martin Kippenberger. Era una obra valorada en más de un millón de euros. (…) Creo que una brigada artística del 15-M podría tomar cartas en el asunto y considerar fundacional esa acción que tanto nos recuerda que para evitar las grandes estafas solo es necesario que la buena gente se rebele. Una brigada moral del 15-M podría utilizar como modelo el gesto de la dama de Dortmund y comenzar a fregar la mugre en el mundo del arte. (…).
Vila Matas[16].
            Las protesta contra la Ley Sinde, el movimiento copyleft, el apogeo del crowdsourcing o financiación colectiva de proyectos, el impacto de las redes sociales o el mencionado discurso del procomún pueden plantear un nuevo escenario para la acción cultural que no tiene que desdeñar sin más con excusas inmovilistas. Quizá estamos en pleno proceso de reconversión cultural. O puede que estemos en el inicio de una revolución cultural que cambie lógicas sociales y mentalidades colectivas más allá de la dimensión estrictamente cultural. Quizá la cultura pueda ser el dónde y el cómo empezar a repensar el mundo. ¿Nos atrevemos a hacerlo?


Nota: Este texto supone una versión extendida del artículo publicado en El periódico de Aragón el 7 de enero de 2012:
¿Está el enemigo? Que se ponga ( El Periódico de Aragón - 07/01/2012 )